martes, 1 de octubre de 2013

Capítulo décimo

Los dos jóvenes se miraban a la cara. Ella sonreía y él aun seguía ruborizado por sus palabras y por la reacción de ella. Poco a poco iban acercando sus rostros.
–¡Ya estamos aquí! –dijo entre gritos Carter, mientras abría la puerta seguido por Angelina. Los tutores se quedaron mirando a los chicos, que rápidamente se había puesto rectos mirando el libro que Silence tenía sobre la mesa, cerrado.
Angelina se acercó rápidamente a Silence y la cogió por el brazo; Carter hizo lo  mismo con el chico.
Mientras avanzaban los cuatro por el gran pasillo frío, Angelina hablaba con Carter siendo completamente ininteligible sus palabras. Silence le gritaba; le estaba haciendo daño en el brazo, pero la mujer no cesaba su agarre. Al llegar a la habitación central –en dónde se hacían reuniones del Consejo–, Angelina y Carter soltaron a los chicos.
–¡¿QUÉ NARICES OCURRE?! –gritó enfadado René. Al parecer, él también tenía una marca en su brazo izquierdo debido al fuerte agarre de su tutor.
–Tenéis que iros... ¡Ya!
–¿Irnos? ¿A dónde? –interrumpió Silence, que se frotaba su brazo.
–Hemos podido encontraros un refugio a ambos, está en París. Han llamado el Consejo de los Buscadores y, los Cienojos están llegando desde las costas españolas. Se dirigen hacia aquí.
–¿Y qué pasa con lo de encontrar el Libro de las Hadas? ¿Qué hay de la misión? –dijo Silence.
–Podréis continuar vuestro cometido desde allí. El problema es que tendréis que ir solos, os daremos la dirección y se os llevará hasta la Capital, allí, no habléis con nadie, no miréis a nadie. Tomad, las llaves –Carter alargó el brazo y en su palma habían unas llaves antiguas, parecían medievales y posiblemente eran pesadas–, es una especie de casa señorial –dijo–, es propiedad del Liceo, así que estaréis a salvo si no la fastidiáis.
–Hombre de poca fe. –dijo cruzando los brazos René.
–Shh! Esto es serio. –le susurró la chica, que estaba a su lado, aun con la mano en su dolorido brazo.
–Id a vuestras habitaciones... –empezó Angelina.
–¿Y qué hay de Francine? No voy a dejarla aquí sola.
–Silence, Francine no está en nuestros planes ni en los tuyos, ella se quedará aquí, el Liceo la necesita, es muy hábil con sus poderes de tele-transportación. Además, nunca pensé que le cogerías tanto cariño en tan poco tiempo.
Silence calló. No iba a contarle nada de la vida de su amiga. Tampoco a René se lo contaría, Francine confiaba en ella y ahora ella iba a irse y a dejarla sola. Los Cienojos iban a venir a buscarla, a ella y a René, y muchos de los alumnos pagarían su ausencia.

***

Angelina pidió a Silence que se cambiara el uniforme y se pusiera ropa de calle. Tenían que pasar lo más inadvertidos posible y el uniforme llamaría demasiado la antención, sobre todo porque erad de época.
Francine la miraba, estaba recostada en su cama con la trenza rubia casi blanca deshaciéndose por el roce con la almohada. –Así que te vas, ¿os han dicho dónde? –Frankie parecía triste, apenas tenía sus ojos del todo abiertos y miraba a la pared, donde se encontraba el escritorio de ésta. –Solo sabemos que está en París, todavía no nos han dado la dirección. Silence quería decirle que lo sentía mucho, que no quería dejarla atrás y que todo esto se arreglaría pero la chica se adelantó. –No quiero que te sientas culpable, Lensie –Fran miró a Silence–, sé que no ha sido decisión tuya. Y yo estaré aquí cuando regreses. Las últimas palabras hicieron que los ojos de Silence se humedecieran y ambas se abrazaron, posiblemente sería su último abrazo.
***



René y Silence estaban en las puertas del Liceo, esperando el coche que tenía que llevarles hasta la Capital, en donde allí, ellos solos, tenían que encontrar la casa señorial que Carter les dijo. Angelina se acercó por detrás de la niña y le colocó la mano en su hombro. Carter le entregó en mano, un sobre a René, posiblemente la dirección de la casa.
Cuando el coche apareció,  Angelina abrazó fuertemente a Silence, dejando a ésta sin aliento, pero a la niña le gustó la sensación y le devolvió el cálido y fuerte abrazo. Carter estrechó la mano del joven y no pudiendo evitarlo lo atrajo a él y le dio otro abrazo. Silence los miró. Carter había estado cuidando de René todo este tiempo, posiblemente sería como su hijo y ahora se estaba despidiendo de él. Silence pensó en este momento pero completamente diferente, pensó en ella despidiéndose de Marie porque ella se iría a la universidad, y que todos los días estarían en contacto. Ahora todo aquello ya no estaba y tenía que estar concentrada en evitar fastidiarla. Tanto ella como su compañero.
–Vamos entrad, os están esperando. –dijo Carter con los ojos rojos medio llorosos.
Las maletas fueron colocadas en el maletero del vehículo y los chicos se sentaron en los asientos traseros del coche. Carter se dirigió al conductor y le dio indicaciones, éste asintió con la cabeza y Carter se alejó del coche.
Mientras eran llevados por el sonido del motor en la carretera, Silence no pudo evitar sacar el tema.
–¿Qué estaba a punto de pasar antes?
-¿Antes? A qué te refieres. –dijo él muy serio.
–Ya lo sabes, antes de que nuestros tutores entraran.
–Creo que debemos ceñirnos al plan y dejarnos de tonterías. Aquello hirió a Silence; en la habitación ambos estaban dispuestos a continuar, pero parece que uno de ellos se perdió por el camino.
–Creo que voy entendiendo las cosas cada vez más. –dijo secamente ella.
–Entonces... ¿eso es todo lo que me vas a decir? –habló entonces él. Esto hizo que Silence se enfadará más poniendo su cara de un color rosado.
–¿DE QUÉ NARICES ESTÁS HABLANDO? Has sido tú el que se comporta como un imbécil haciendo como que no ocurre nada. Sueltas frases que hacen que dude y... Silence no terminó la frase. René le había estado escuchando con una sonrisa de oreja a oreja, como si se estuviese divirtiendo. Cuando se dio cuenta, él la estaba besando. Primero lento y luego cada vez más rápido, el cinturón apenas podía dejarles cruzar la línea y la presencia del conductor hacía que Silence estuviera más ruborizada. Él acariciaba su pelo y ella colocaba su mano en su cuello. Después de unos minutos casi sin respirar, ambos se apartaron mirándose a los ojos con una respiración pesada, hasta que él le sonrió levemente.



–Hemos llegado. –dijo el conductor.


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