lunes, 7 de octubre de 2013

Capítulo décimo segundo.

¿Quién iba a esperar eso? Silence y René habían sido golpeados fuertemente por el destino y se sentían gravemente humillados entre ellos dos. No estaba bien haber mantenido aquello en secreto durante tanto tiempo. Sencele y Caleb eran sus padres. Una Rainbow Witch y un Brujo Golden Tongue, apenas tenían cinco años, y ambos habían sobrevivido a la mayor guerra que había podido existir en su mundo; una guerra que había acabado con la existencia de su raza, a excepción de ellos dos, que al unirse, formaron la mayor raza jamás conocida
en el mundo de la magia. Con la sabiduría de los Golden Tongue y la capacidad extrema de poder de las Rainbow Witch, los últimos hijos, un varón y una mujer, serían los afortunados de poseer el mayor poder. Todos los poderes existentes serían perfectamente controlados por ambos.

***

Silence estaba de pie sobre un taburete de madera gastado y con cortes. Una señora, posiblemente una de las muchas criadas del Castillos, estaba tomándole las medidas de su cuerpo: cuello, pecho, cintura, brazos... ella seguía pensando en la cara de René ante la noticia. Él le había mirada con... ¿desilusión, enfado, tristeza... dolor? Posiblemente todas ellas. ¿Significaba eso que Marie no era su madre? Y si lo era ¿por qué no dijo absolutamente nada de todo eso? ahora tenía un hermano, y posiblemente, también un padre. ¿Sería el padre de René, su padre también? La chica no podía dejar de pensar en todo aquello. Intentó centrarse en la búsqueda del Cristal Azul, tenía que tener la mente despejada, pero no podía. ¿Hermanos? Ella y René no se parecían en nada, ni en el blanco del ojo. Ambos eran completamente distintos en todo y... ¿no es a caso que los polos opuestos se atraen? Era imposible que ellos fueran hermanos, pero los dos tenían el poder de controlar todos los hechizos existentes, aunque hasta ahora, René solo podía emplear unos cuantos y ella unos cuantos menos que él. Lo que más le sorprendió a ella fue la reacción de los presentes en la sala. Era como si ya lo supieran, como si se lo esperaban, ellos estaban enterados de algo obvio, y tanto ella como René, quedaron en ridículo, mostrando su cara de desconcierto.
¡TOC -TOC! Una cabeza pelirroja asomaba por la puerta. Rápidamente pasó dentro de la habitación en la que Silence y la criada se hallaban. La criada ni siquiera la miró a la cara, agachó la cabeza y se fue sin decir palabra.
–Vaya, pero que tenemos aquí –dijo la chica.
– ¿Y tú eres...? –le preguntó Silence bajando del taburete.
–Qué modales, ¿no te han enseñado a que tienes que guardar el turno de palabra cuando alguien te está hablando?– dijo ella con aires de superioridad.
–Pensé que... –Silence no pudo terminar la frase sin ser nuevamente interrumpida por la joven impertinente que si quiera se había presentado. El ejemplo de modales en persona.
–Y otra vez, no aprendes señorita.
–Soy Silence, para tu información y posiblemente tenga más modales que tú. Yo no entro a una habitación ajena sin el permiso de su dueño, ¿comprendes? –Silence se sentía orgullosa de su contestación. No había levantado la voz, no se había alterado lo más mínimo y sus palabras habían sido tan correctas que la joven no podía dejar de mirarla con la boca levemente abierta.
–Tienes carácter me gusta– dijo asintiendo con la cabeza a modo de aprobación– Soy Virgine Valois, hija de Olaf Valois, Rey de las Cortes de las Brujas Pielazul y dueño del Castillo de Saint Claire. Esta es mi casa, y puedo entrar en cualquier habitación que me plazca señorita Forbes, ¿comprende?
– ¿Cuántos años tienes? –Silence no podía creer que hubieran personas así, con ese aire de superioridad y repipi.
–Tengo tu edad, más bien, todos aquí tenemos la misma edad. –contestó la Virgine.
– ¿Y cuál es nuestro cometido aquí dentro? Quiero decir, ¿Cuántos somos, quince? Todos de la misma edad, chicos y chicas... no entiendo nada. Silence empezaba a agobiarse y se sentó en la cama de la habitación. Era de dos por dos y las colchas eran realmente hermosas y también caras, así que se sentó con cuidado
–No te preocupes brujita –ya estamos con las confianzas, pensó Silence–, ni yo sé que estamos haciendo aquí. Podría estar en el centro de la ciudad de compras y aquí estoy, con un traje horrendo y rodeada de ineptos.
–Supongo que gracias, por la parte que me toca. –dijo con ironía Silence. Virgine tenía la lengua muy suelta y tenía pinta de ser una mimada.
– ¡Oh! No me refería a ti. Llevo en el Castillo prácticamente desde que nací. Mis padres se fueron sin antes dejar a Laia a mi cuidado y un hechizo de protección en todo el recinto. He visto como poco a poco, brujos y brujas aparecíais por mi casa, invadiendo las habitaciones y mi espacio...–Virgine suspiró– he hecho un fuerte esfuerzo por aparentar que no me importa, pero esta es mi casa y no voy a dejar que nadie me desbanque de mi lugar.
–Créeme, no tengo esa intención... solo quiero encontrar el libro e irme a casa.
–No puedes, ¿no te ha quedado claro quién está ahí fuera? Estamos en peligro y tú quieres volver a casa después de conseguir ese estúpido Libro.
–Ese ha sido mi objetivo desde que dejé a mi madre en Boston. Volver a casa. – Ella estaba seria, hablar de su madre le producía dolor. ¿Marie era Sencele? ¿Había utilizado un sobre nombre para pasar desapercibida? Y si no lo era... ¿Quién era su madre y por qué la había dejado?
–No volverás a casa, cuando pienses que todo se está acabando, te equivocarás y volveremos a caer. Nos puedes salvar y destruir a la vez. Tú y ese chico podéis salvarnos de esos miserables que nos persiguen. No saben cómo utilizar el Cristal... pero tú sí, y yo haré que logres utilizarlo.
– ¿Eso significa que estás de mi lado?

–Siempre lo he estado. –respondió la pelirroja.



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