martes, 8 de octubre de 2013

Capítulo décimo cuarto

La respiración del chico se profundizaba a medida que se acercaba más a ella. Silence estaba completamente alucinada por la acción que René estaba cometiendo y como una ráfaga de viento en su mente, oyó algo.
– ¿¡Qué ha sido eso!? –dijo sobre saltada. Apartó René y giró la cabeza de izquierda a derecha.
– ¿Qué ha sido el qué? –preguntó él atónito ante la reacción de la chica.
–Es imposible que no lo hayas escuchado. ¡Ha sido tan claro! ¿Cómo no lo has escuchado, René?
– ¿Escuchar el qué? –le volvió a preguntar él.
Ayuda... susurró Silence. Sin apenas darse cuenta, estaba corriendo. Giraba y giraba por las calles de París, eso le recordó a la noche en la que ella y su madre huían de los Cienojos. Ese fue el día en el que supo lo que realmente era. El principio del fin.
La voz de René llamándola no la detuvo, ella seguía con su fuerte ritmo, calle tras calle avanzando sin parar. Una fuerte presión en su estómago la hizo caer al suelo de sopetón, apoyando sus manos en los adoquines del suelo. Se sentía mareada y un brazo la levantó como si fuese un saco de patatas.












– ¿Pero qué haces? –le espetó él, guardando casi las formas. Su pelo se había alborotado y unas pequeñas cotas de sudor empapaban el cuello de su camisa marrón.
– ¿Has sido tú, me has hecho caer?
–No tenía otra forma de pararte. ¿Estás bien? –le dijo.
– ¿Has utilizado tus poderes sobre mí? René Vien, ni se te ocurra volver a usar la telequinesis conmigo. ¿Me has entendido?–dijo enfadad. Él la miró sorprendido y asintió. Realmente estaba molesta por su intervención psíquica. Pero ella no se hubiera detenido por nada del mundo. ¿Por qué él no escuchó lo mismo que ella?
–Dime qué es lo que has escuchado. ¿Sabes quién era? ¿Reconoces su voz?
–No sé quién es, solo pide ayuda. Su voz era tan clara... ¿cómo no has podido escucharlo? Ella dejó de respirar por un momento. Su pecho dejó de subir y bajar y sus ojos estaban con la mayor atención del mundo. –Ayuda... –susurró otra vez y sin más, ella volvió a correr en dirección contraria, acercándose a las calles más próximas a la Catedral. René ya no la llamaba, ya no podía usar sus poderes sobre ella, después de que él se lo había prometido. Pero ya no la controlaba, no podía, algo no le dejaba.
Cuando René perdió de vista a Silence empezó a preocuparse. Quedaban cuarenta y cinco minutos para que su misión terminase. El primer turno ya estaría en el Castillo, sin ningún avance, porque, de lo contrario, estarían ya todos en casa gracias al silbato. Al segundo turno le quedaba poco y ellos, el tercero, habían quedado hace quince minutos a la salida de Notre Dame. Pero su teléfono no había sonado, por lo que no volvió a la Catedral.
Cuando pasó rápidamente la vista por una calle, la vio. Echó a correr lo máximo que pudo hasta que lo vio. Las dos figuras habían chocado; él había salido de la calle cruzada y la sostenía en sus brazos mirándose fijamente a los ojos. Aquello hizo que René corriera hacia ellos, apartando a Silence de él bruscamente.
– ¡Aléjate de ella! –Exclamó René– ni siquiera te atrevas a seguirnos, Aguamarina. ¡Vete! El joven no apartó la vista de Silence, al igual que ella a él.
–Suéltame, René. –mandó la chica. – ¿Cómo te llamas? ¿Has sido tú el que pedía ayuda?
– ¿Me has escuchado? –preguntó con los ojos abiertos el chico. Silence miró a René con cara de ¿ves, era él?
–Sí, alto y claro, pero... ¿de qué huyes? ¿Y por qué René te ha llamado Aguamarina? –Preguntó extrañada Silence.
–Soy Alden, y soy un brujo Aguamarina. Puedo controlar los cuatro elementos y un pequeño grupo de los Cienojos me encontró en el bar de la avenida, por eso corría. Además, nunca pensé que mis poderes de mensajería psíquica por aire llegarían a ser escuchadas.
–Bueno, pues ya has visto que sí. Ahora vete por dónde has venido y olvídate de nosotros. –René estaba alterado, sin embargo, a Silence se le había dibujado una pequeña sonrisa. Ese chico le era familiar, pero no sabía por qué.
Alden era alto, de la misma altura que René. Vestía con casi la misma apariencia que ellos dos, pero su camisa era de un tono malva apagado. Su pelo era castaño claro, parecido al de ella y lo tenía perfectamente desordenado y unos preciosos ojos azules. Una bella imagen para los la joven.
–Él podría venir con nosotros, no podemos dejarle aquí tirado –dijo Silence.
–Sí que podemos, y si no quieres vivir en la calle, más te vale no traerlo al Castillo. Virgine te pateará por haber traído a su casa a un Aguamarina.
– ¿Qué tiene eso de malo? A él también lo están persiguiendo y si quieres irte, vete –dijo decidida–, yo me quedaré con él.
–No sabes lo que estás diciendo...
–Chicos, que sigo aquí –Alden alzó la mano, pero fue en vano.
–Sé perfectamente lo que estoy diciendo, no soy estúpida y si no te gusta este plan, vuelve con tus amigos los historiadores, seguro que estarán apreciando las hermosas vidrieras de la Catedral, buscando erróneamente ese maldito Libro.
– ¿Libro? –Preguntó Alden – ¿Qué libro?
–Esto no te incumbe, Aguamarina– interrumpió René
– ¡Alden! –inquirió el joven
–Como sea, mantén tus narices alejadas de nuestros asuntos. Suficientes problemas ocasionasteis en el pasado.

–René, cállate. Vamos a buscar una solución a esto. Pero él... –dijo señalando a Alden–, viene con nosotros. Todos callaron.





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