martes, 22 de octubre de 2013

Capítulo décimo sexto

Laia no mentía cuando dijo que a las seis de la mañana debían estar despiertos y perfectamente vestidos. Cara, la sirvienta de la planta doce del castillo, había tocado insistentemente la puerta de la habitación de Silence, despertando no solo a ella, sino a  los demás alumnos de las otras habitaciones del pasillo.
– ¿Qué es eso? –preguntó  Alden con los párpados entrecerrados.
–Eso, mí querido brujo –contestó Lenss incorporándose en la cama–, es la llamada de la jefa.
– ¿Os despiertan a porrazos en la puerta? –dijo él con los ojos más abiertos.
–Vivimos al límite –contestó ella con una sonrisa. Acto seguido, Lenss se levantó de la cama. Su pelo era una maraña color caramelo con destellos dorados, su camisón estaba levemente arrugado e iba descalza caminando por la habitación. Descorrió las cortinas de los dos ventanales que tenía su habitación, dejando pasar los primeros rayos de la mañana. Alden la seguía con la mirada ¿Porqué le era tan familiar aquella chica?

***

En el comedor,  estaban sentados quince alumnos Pielazul y al lado de Lenss estaba Alden; Laia presidía la mesa y mantenía la conversación con dos alumnos; Virgine jugueteaba con la gelatina de frutas que había en su plato de porcelana fina y René y Charles hablaban, mientras los sirvientes llenaban tazas de café, té o traían más azúcar a la mesa.

–Al menos no me miran como si fuera un delincuente –dijo Alden.
–No lo hacen porque no lo eres, además no todos son como René y Virgine, ellos te han aceptado  –dice esta vez, mirándole a los ojos–, saben que eres importante.

Le sonrió.

Cuando terminaron de desayunar, todos fueron reunidos en el teatro de la planta inferior del Castillo. Todos se miraban confusos sin saber por qué esta vez debían ir al teatro. Normalmente lo utilizaban para las visitas, Laia contrataba a buenos intérpretes de grandes obras y las representaban allí para sus invitados, pero esta vez, les pilló por sorpresa.
–Señores y señoritas, atiendan por favor –dijo Laia y carraspeó–, este domingo recibiremos la visita de Olaf Valois, el dueño del Castillo, como ya sabréis. Ante la noticia Virgine empezó a dar saltitos y palmaditas como una niña tonta. –El caso es, que no es precisamente la visita de los Valois al castillo lo que nos interesa, sino la visita de otras personas. Dos miembros de los Cienojos estarán presentes ese día, en este mismo castillo –dijo, y un revuelo empezó a propagarse por todo el teatro, resonando por las increíbles y altas paredes. – ¡Callad, por favor! No hay de qué preocuparse, todos los superiores del Consejo están avisados de su presencia, y vuestra será la misión más importante.
–Estamos arriesgando nuestras vidas por algo que nunca hemos visto, Laia. No haré nada que ponga tan en riesgo mi vida –dijo uno de los alumnos, el chico de pelo negro y ojos avellana. Había cruzado sus brazos sobre su pecho y apartó la mirada de la señora Lagrate.

–James, esa no ha sido una buena contestación por tu parte. –acusó Laia.

–Yo estoy con James –protestó Charles.

Gritos a favor de los dos muchachos resonaron otra vez por la sala. Laia los miraba atónitos, solo Virgine seguía en su posición y Alden sujetaba la cintura de Lenss, apartándola del griterío que se había formado en el centro del escenario. Incluso René se había unido al revuelo.

Laia mandó un fuerte grito, impropio de una dama, que hizo que todos se callaran a la vez, mirándola.
–No tenéis de que preocuparos, vuestra misión será bailar ballet, representaréis el Lago de los Cisnes para los presentes.
–Yo no sé bailar ballet, madame Lagrate. –dijo Sarah, una de las más jóvenes en el castillo.

–No os preocupéis, vuestra preparación empieza hoy, hay cinco profesores profesionales esperándoos en la sala trasera. Los vestidos y los zapatos están hechos a medida así que no tendéis problemas con ellos. Y una cosa más chicos –dijo girándose hacia ellos y con el dedo índice hacia arriba–, no os olvidéis de que debe ser una gran actuación, no queremos que esa maldita secta salga descontenta de aquí.

Mientras que el resto de las chicas y chicos se colocaban sus maillots y los zapatos de ballet para empezar con la clase, Alden y Silence se habían quedado en las últimas butacas del teatro, queriendo así, tener un poco de descanso.
–Él me odia, lo sé, no intentes convencerte a ti misma de que es mentira lo que te estoy diciendo.
–René solo está disgustado por la noticia que nos dieron, él no tiene ningún problema contigo. –dijo Lenss.
–Si eso es lo que quieres creer...–dejó la frase en el aire, pero no dudó en continuarla–, ¿como te sentirías tú, si un día lo tuvieras todo y al día siguiente viene otro y te lo quita, así porque sí? René piensa que se lo he quitado todo de la noche a la mañana, no hay mirada más sincera que la que recibo por parte suya desde que nos encontramos. –dijo él, agachando la cabeza.
–Pero tú no le has robado nada, él tiene su casa aquí, sus amigos, la protección del Consejo...–ella fue interrumpida.
–Pero ya no te tiene a ti.
Silence cogió su mano y la sostuvo hasta que la profesora de ballet salió para empezar. Ambos se levantaron de la butaca, aun cogidos de la mano.
–Creo que ya voy recordando quien eres, Alden.
***

Los días iban pasando y el entrenamiento era más duro. Las chicas necesitaban una mayor elasticidad y los chicos mayor ligereza en sus movimientos. Los días de práctica se convertían en días cómicos y de diversión para los alumnos, incluso René parecía estar pasándoselo bien.

En un día de entrenamiento, René se acercó a Silence.
– ¿Tienes que esperar a que me acerque yo para hablar? –le preguntó él al oído.

–Si dejaras de apartar tu cara cada vez que intento hablarte... –el sonrió y resopló.

–Ni siquiera has estado pendiente de lo que hago, tienes otros intereses, ¿no?

– ¿Debería? –Preguntó secamente ella–, está claro que tengo otros intereses, aprender a bailar ballet en menos de tres días, ¿te parece poco?

–Ay hermanita –dijo rodando su cuello, con el brazo–, estoy seguro de que bailarás genial. –dijo y le dio un beso en la mejilla, ruborizándose así, ella.

***
–Es tu hermano, es normal que te dé ánimos –aclaró Alden. Ya era de noche y después de haber cenado todos juntos, como siempre, subieron cada uno a su habitación.
–Los hermanos no hablan con ese tono, Alden –dijo ella acolchando la almohada y colocándola de nuevo en su cama.
–Has sido criada como hija única, brujita, no creo que tengas mucha idea de cómo se hablan los hermanos. –afirmó sabiamente él.
Silence enrojeció y le lanzó el cojín dorado que decoraba su cama, él como respuesta se lo devolvió, pero con más fuerza.
– ¡Alden! –protestó la chica.
–Has empezado tú – dijo él entre sonrisas–, ahora atente  a las consecuencias.
En un momento se desató la tercera Guerra Mundial en la habitación de la planta doce. Los dos jóvenes se perseguían, ambos con el pijama ya puesto corrían y se subían a las camas como dos críos jugando. Lo divertido era que nadie podía decirles que pararan.

Ambos cayeron en redondo sobre la cama de Silence, Alden seguía riéndose y Lenss estaba roja por el esfuerzo de haber recorrido la enorme habitación.

–Ahora entiendo porqué René me miraba así. –dijo Alden.
– ¿A sí, y por qué? –preguntó ella
–Porque él ya no va a poder volver a hacer esto. Y yo no pienso cansarme de hacerlo.


Alden se inclinó sobre ella, cubriéndola completamente. La tomó por su rostro y empezó a besarla. Silence le siguió, hundiendo sus manos sobre el pelo del chico, mientras que él, bajaba su mano para encontrarse con la cintura de ella. Silence se sintió por una vez, desde que todo había empezado, a gusto, feliz. Alden la besaba cada vez con más fiereza y ella le respondía con los mismos besos. Rodaron por la cama y Lenss quedó arriba, mirándolo. No podía ser más hermoso.


                                                                
                                                           *** 

 4 de Julio de 2001,Castillo de Saint Claire (París)

El baile de máscaras había empezado y Caroline bailaba con sus hijas en un pequeño corro en el centro del palacio. Olaf observaba detenidamente a Virgine y Karina, ambas habían sido entregadas a los Valois para ser cuidadas desde el día de su nacimiento.El problema era que Karina era una Aguamarina y Virgine era una Pielazul, ambas gemelas pero de diferente raza, algo completamente inusual.

 Mientras que la música seguía sonando en el Castillo y los invitados se divertían, Olaf fue advertido por uno de sus súbtidos de que los Cienojos habían entrado al Castillo y exigían verle.

-Señor, han amenazado con entrar a la fuerza. No he querido tomar un riesgo innecesario, así que he preparado un carruaje para su esposa y las niñas. - el joven inclinó la cabeza.
- Bien hecho Thomas, no quiero que los planes se vayan al traste. La profecía debe cumplirse, y esas niñas tienen que vivir.
-Lo entiendo, mi señor. -volvió a inclinar la cabeza. -entonces... ¿les digo que pueden pasar?
-Hazlo, veamos que quieren. Llama a Caroline y dile que esté preparada. 

El joven vasallo asintió y se fue corriendo por la sala hasta desaparecer por completo.
No pasó ni un minuto cuando los Cienojos entraron en el Castillo, de la manera más imperdonable, con gritos y risas chirriantes. 

Las niñas se refugiaron en las faldas de Caroline. Ella era una mujer fuerte a la que le habían encomendado la misión de cuidar a esas dos pequeñas, una promesa irrompible que muchas brujas tuvieron que hacer.

-¿Qué buscan en mi Castillo? Aquí no son bien recibidos y lo saben. Olaf se puso delante de su esposa, cubriendolas a las tres.
-Esas niñas son lo que buscamos. Entregadlas y nadie saldrá herido.

 Ante las palabras del primer Cienojo, Olaf dio la voz de alarma, todos los varones de la sala desenfundaron su espada y empezó la lucha. Caroline sujetaba las manos de las niñas mientras corrían, y ante la presencia de uno de los Cienojos, Caroline aceleró la marcha.

Las niñas casi no podías seguir el ritmo y Karina se soltó, cayendo al suelo y siendo atrapada por uno de ellos, Caroline tambien calló junto con Virgine, que miraba como se llevaban a su hermana. De la nada, otro apareció para atrapar a Virgine, pero Olaf lo atravesó con su espada.

Olaf y Caroline, no pudiendo soportar la culpa, borraron los recuerdos de Virgine sobre Karina, y abandonaron el Castillo, dejándolo como refugio bajo el hechizo de protección. Dejando a Virgine con cinco años al cuidado de Laia Lagrate.



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