jueves, 17 de octubre de 2013

Capítulo décimo quinto

Los gritos de Laia eran audibles hasta en la Avenida Principal de la ciudad. Alden encerraba su rostro con sus manos mientras esperaba en el Pasillo de las Luces del Castillo de Saint Claire.
– ¡Me niego rotundamente! Él no puede estar aquí, ¿en qué estabais pensado jovencitos? –el disgusto de Laia frente a la presencia de Alden, un brujo Aguamarina, era solo el principio del griterío. Virgine había aparecido solo unos minutos después de que ellos llegasen al Castillo con el joven brujo. Virgine se había desmayado y había caído en redondo al suelo. Ahora descansaba sobre un sillón Luis XVI, con la cabeza cubierta de toallas mojadas en esencia de eucalipto para calmarla.
–Lo estaban persiguiendo, madame Lagrate. No podíamos simplemente dejarlo solo allí. ¿Qué pasaría si a alguno le ocurre lo mismo? –Silence, casi con lágrimas en los ojos, miraba a su nueva tutora. Ella estaba tan recta con su traje marino, ceñido por la cintura sin mostrar apenas su cuello, sus muñecas o sus tobillos. –Además, él podría sernos de ayuda. René bufó como un gato aburrido.
– ¿Qué es eso que te hace tanta gracia, René? –Preguntó Laia–, ¿a caso este tema te aburre? Tenemos un Aguamarina en el Castillo de los Valois, y ellos no tardarán en visitarnos. Tenemos nuevas misiones y no podemos ocuparnos de un forastero, señorita Forbes. –dijo mirando a la chica, que sorbía sus mocos y secaba sus lágrimas con las mangas de la blusa marrón.
–Yo me encargaré de él –dijo convencida Silence–, yo podría mantenerlo al margen de las cosas, y en cuanto nos sirva de ayuda, pedírselo.
– ¿Tan segura estás de que nos la ofrecerá? –Preguntó madame Lagrate, enarcando una ceja.
–Tan segura como que el cielo es azul.
–Yo no veo esto muy claro – dijo René–, ¿qué pasa si es un espía?
–René, cállate. Sé que no es un espía, créeme.
– ¿Debería creerte? Por favor... –volvió a bufar el chico.
– ¡Basta de estupideces muchachos! –Anunció la mujer–, los quiero frescos para mañana por la mañana. El Aguamarina podría dormir en su habitación, señorita Forbes, mandaré una criada a su cuarto para que coloque otra cama. Será su responsabilidad. Mañana el horario empezará a las seis en punto...–dijo decidida–, y otra cosa, esto no es un juego, sus vidas y la de los demás está en juego. Incluso la de su amigo, señorita.

***
–Las doncellas me han dado esto para ti. Es un poco grande pero para mañana ya tendrán tu uniforme listo. –dijo Silence con una sonrisa mientras le lanzaba la camisa blanca a Alden. El estaba con el torso descubierto y llevaba un pantalón de pijama que Charles, el quejica de los pasos, le había dejado.
Ninguno parecía estar molesto con la presencia de Alden, exceptuando a Virgine y René, que seguían con la misma cara de vinagre desde esta tarde.
–No sabes cuánto te agradezco todo esto, Silence. –asintió mientras se sentaba sobre su cama. Estaba colocada a unos tres metros de la suya, con unas sabanas blancas de seda y cubierta de plumón de avestruz, al igual que su cojín.
–Tengo la sensación –anunció con una pausa– de que ya te he visto antes... ¿es eso posible? –preguntó Lenss.
– A ti también te dio esa sensación ¿verdad?
– ¿Bromeas? ¡Claro que tuve esa sensación! Reconocí tu voz, no miento. Ya la había escuchado en algún lugar... pero parece tan lejano ese recuerdo.
–Tienes toda la razón, yo tambien reconocí tu voz, la escuché antes de chocarnos. Discutías posiblemente con tu compañero. Silence se recostó sobre su cama. Tambien estaba hecha de seda y lana fina. Lenss miró el techo y cerró los ojos con fuerza, hasta que habló.
–Él es mi hermano, ¿lo sabías? Suena patético...
–No lo sabía. Pensé que... –fue interrumpido por ella.
– ¿Qué éramos algo más que amigos? Obviamente, hasta hace dos días,  yo tambien lo pensé así. Somos los hijos de Sencele y Caleb, los creadores de la raza de los Pielazul. Los ojos de Alden se enternecían con las palabras de la chica. Se levanto y se colocó a su lado.
–Sé la historia de nuestros creadores, Lens. Tambien he visto cómo te mira, cómo intenta protegerte, pero yo no soy una amenaza. Mis compañeros aun están ahí fuera, perseguidos por esos monstruos, y voy a volver para ayudarles. Espero que tú vengas conmigo. –sonrió él.
–Primero tengo que cumplir mi misión. Tengo, aunque no lo parezca, personas a las que quiero y no están aquí. Posiblemente estén muertos, posiblemente no... Y si es la primera opción, vengarles sería mi cometido. Aunque llevara mi vida en ello.
–Realmente eres valiente, Lens –dijo el muchacho–, otra bruja me hubiera dejado a mi suerte por las calles de Paris. Otra bruja, no estaría dispuesta a darlo todo por alguien. Siempre ha sido así, nos tildan de individualistas y de faltos de sentimientos, pero no es así.
–Lo sé.


Silence miró a Alden de soslayo. El chico se miraba las manos, sus venas eran color turquesa y formaban un mapa  de líneas sobre sus tensos y musculosos brazos. ¿Por qué le recordaba a alguien? Lo había escuchado alguna vez, pero no sabía ni dónde, ni cuándo.
–Será mejor que nos vayamos a dormir, mira qué tarde es ya.
–Tienes razón –confirmó Alden–, buenas noches. Nos vemos mañana. –dijo levantándose de la cama de Silence y metiéndose en la suya. Ambos se cubrieron con las colchas y con un susurro, Silence le deseó tambien las buenas noches.


14 de Abril de 1999,Boston



El tacón de Alma resonaba por los adoquines de la calle, en Boston. De su mano, el pequeño chico de apenas tres años, intentaba seguirle el paso como podía. Al ver el sobre esfuerzo del infante, Alma lo cogió en brazos y juntos subieron hasta el apartamento.
La joven escuchó un repiqueo en la puerta de su apartamento. Con temor, se dirigió a la puerta y miró por la mirilla. Suspiró.
– ¿Qué haces aquí? Podrían verte... y a él también, Alma. ¿En qué demonios estabas pensando?
–Nos han descubierto un grupo de ellos, hemos tenido que salir lo más rápido posible de allí. ¿Crees que Olaf nos ayudara?
–Lo dudo, él ya tiene otra responsabilidad, y lo sabes. Pasa por favor –dijo con un ademán–, no hagas mucho ruido, lleva durmiendo apenas unas horas.
El apartamento era lo más sencillo que Alma había podido imaginarse. Con el pequeño aun en brazos, lo dejó en el suelo y éste, se dispuso a jugar con una pequeña estación de trenes de plástico que había en la salita del apartamento. La joven traía consigo una bandeja con té de menta y pastas de canela. Colocó la bandeja en la mesita de cristal y se sentó junto a Alma.
– ¿Dónde pensáis ir ahora? –preguntó la joven. Iba con una bata color beige por encima de sus rodillas. Su pelo acaramelado estaba recogido en un moño desordenado y de él, unas bonitas ondas caían hasta sus delgados hombros.
–Supongo que no puedo hacer nada. He pensado en llevarlo al Liceo pero allí no lo admitirán, no es como ellos. –agachó su cabeza, y puso una triste mirada. Lo observaba con cuidado, el pequeño aun tenía rasgos de bebé, con su nacimiento, Alma fue la encargada de protegerlo, así se lo prometió a su madre, al igual, que Marie prometió cuidar a Silence.
–Alden cariño, no hagas mucho ruido. –dijo Alma.
–Sí, mamá –contestó él–, ¿nos lo podemos llevar?
–Alden no es nuestro. –le contestó Alma.
Un ruido sonó en la habitación. Tanto Alma como Marie se miraron. Alma se levantó rápidamente antes que la pequeña apareciese por la puerta de la salita.
– ¿Mamá...? –preguntó la pequeña, unos meses más joven que Alden.

Alma cubrió ante la mirada de la niña a Alden, y como el viento, ambos desaparecieron de la habitación sin dejar rastro.


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