Había pasado una semana desde la noticia. René no había
cruzado la mirada con Silence ni un momento, ni siquiera en el comedor. Él había
hecho amigos, prácticamente todos los chicos del Castillo. Y Silence no se
despegaba ni un momento de Virgine. Le recordaba a Francine, y ella la echaba
de menos. Mucho.
–Como encargada que soy –dijo Laia–, esta es vuestra primera
misión chicos. Silence estaba de pie, en el Salón principal, a su lado Virgine
y detrás de ellas todos los demás, incluido René. –Os separaréis en grupos de
cinco, por lo que tendremos tres grupos. El primer grupo estará compuesto por
los más jóvenes, nacidos entre Septiembre y Diciembre–. Al momento, unos dos
chicos y tres chicas avanzaron, formando el primer grupo. –Los siguientes son
los nacidos entre Mayo y Agosto. El proceso se repitió, pero solo había dos
chicas esta vez. –Y para terminar, los nacidos entre Enero y Abril. Silence,
Virgine, René y dos chicos más, a los que Silence no recordaba su nombre, se
unieron formando el tercer grupo. –Señores y señoritas, saldréis en distintas
direcciones, el primer grupo, los más jóvenes, iréis por la Sainte Capelle. El segundo grupo, iréis
por La Conciergeire, y el último
grupo, La Catedral de Notre Dame es
vuestro destino. La búsqueda para cada grupo será de media hora, una hora y
hora y media respectivamente de menor a mayor. Su cometido es encontrar el
Libro de las Hadas y traerlo al Castillo. En cuando sepan de alguna pista o
tengan el propio Libro, usen el silbato que hay en su chaqueta, los traerá a
todos de inmediato al Castillo. Tengan cuidado y regresen todos en cuanto su
tiempo esté agotado.
Los chicos asintieron y como si una nube de polvo se
tratara, todos desaparecieron.
– ¿Estáis bien todos? –la voz de uno de los chicos sonó. Al
unísono respondieron que estaban bien y empezaron a andar.
Era de noche y hacía frío, las calles estaban mojadas y
apenas se escuchaban sonidos por las calles. Todo estaba en perfecta harmonía
de silencio, que solo era interrumpido por los zapatos con leve plataforma que
Virgine, había decidido llevar.
Estaba claro que su uniforme no era el indicado para llevar
en la misión. Unos pantalones vaqueros y unas camisas color marrón casi oscuro
era lo que todos llevaban, además de unas botas de caña alta hasta la mitad de
sus gemelos.
–Haces demasiado ruido, Virgine, no pises tan fuerte –se
quejó el mismo chico que había preguntado por su estado al llegar –nos van a
ver por tu imprudencia.
–Cállate, Charles, a penas se me escucha. El chico rodó los
ojos y continuó liderando el grupo. René iba detrás de él y los demás a su
lado.
–Creo que será mejor que nos separemos. Unos deben entrar en
la Catedral y los otros deben quedarse fuera. Seguramente tambien pensaron en
los exteriores de Notre Dame, así que... René y Silence, quedaros fuera,
Nosotros tres miraremos dentro, para cualquier cosa... –Charles, el líder al
parecer, sacó un teléfono móvil de su bolsillo– yo tengo otro, el número está
preparado para que pulséis el verde y llame directamente. En media hora, todos
aquí. ¿De acuerdo?
¡De acuerdo! Sonó al unísono.
***
–Siento todo esto. Habló por fin René –No tenía ni idea de
eso, nunca he sabido nada más que las historias que Carter me contaba. Todo esto
me ha cogido por sorpresa y ahora...
–Ahora te sientes mal, lo sé, yo tambien y no podemos hacer
nada para evitarlo. Cumpliremos la misión y nos iremos, cada uno por su camino.
–se resignó a decir tristemente ella.
– ¿Y nuestros padres?
– ¿Tú sabes quién son? ¿Los has visto? Carter te contó
muchas historias, está claro, pero... ¿y la verdad? Si tanto te quería debió de
habértelo contado, por lo menos...
–Por lo menos ¿qué? –preguntó él
–Francine tenía razón al decirme que no creyera ninguna
historia. Jamás pensé que la historia que nunca debí de creer era la de la
mujer que me crió. –dijo.
–Posiblemente tu madre sea tu madre, al igual que mi padre
era mi padre. Pero a ella le costó más despedirse de ti y a mí me dejó en
cuanto pudo.
–Tal vez... hubiera preferido eso. Angelina me hubiera
cuidado como Carter hizo contigo. Probablemente, no tendría interés en saber
quiénes son mis padres, posiblemente en el Liceo hubiera estado como en casa
hasta que...
–Hasta que un joven y apuesto Brujo de Boston se presentase
en el Liceo y tengan su primer encuentro en el Gran Salón ¿no? –dijo él
burlonamente, recordando su encuentro la primera noche de ésta en el Liceo.
–No creo en tanta coincidencia, a penas leo. Quizá te
hubieras encontrado con Francine allí, tiene unos cien libros bajo su cama, los
esconde con el faldón de la cama, pero los vi, y ella me pidió que lo mantuviera
en secreto.
–Entonces guardas fatal los secretos, Lensie.
–No me llames Lensie, suena fatal escucharlo de tu boca.
–Sin embargo, mi nombre suena a gloria cuando sale de la
tuya.
Él se acercó a ella lentamente.
– ¿Qué estás haciendo, René? –dijo ella con la voz cortada.
René estaba en frente de ella, con la Catedral de fondo. Tenían que estar
buscando el Libro, y no habían avanzado nada. “Porque allí, mil ojos hay”. La canción de las muchas películas que
Marie le puso cuando era pequeña resonó en su cabeza. Miles de gárgolas
salientes de la Catedral los observaban, con sus ojos potentes.
– ¿Ves? Suena a gloria.



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