lunes, 7 de octubre de 2013

Capítulo décimo tercero

Había pasado una semana desde la noticia. René no había cruzado la mirada con Silence ni un momento, ni siquiera en el comedor. Él había hecho amigos, prácticamente todos los chicos del Castillo. Y Silence no se despegaba ni un momento de Virgine. Le recordaba a Francine, y ella la echaba de menos. Mucho.
–Como encargada que soy –dijo Laia–, esta es vuestra primera misión chicos. Silence estaba de pie, en el Salón principal, a su lado Virgine y detrás de ellas todos los demás, incluido René. –Os separaréis en grupos de cinco, por lo que tendremos tres grupos. El primer grupo estará compuesto por los más jóvenes, nacidos entre Septiembre y Diciembre–. Al momento, unos dos chicos y tres chicas avanzaron, formando el primer grupo. –Los siguientes son los nacidos entre Mayo y Agosto. El proceso se repitió, pero solo había dos chicas esta vez. –Y para terminar, los nacidos entre Enero y Abril. Silence, Virgine, René y dos chicos más, a los que Silence no recordaba su nombre, se unieron formando el tercer grupo. –Señores y señoritas, saldréis en distintas direcciones, el primer grupo, los más jóvenes, iréis por la Sainte Capelle. El segundo grupo, iréis por La Conciergeire, y el último grupo, La Catedral de Notre Dame es vuestro destino. La búsqueda para cada grupo será de media hora, una hora y hora y media respectivamente de menor a mayor. Su cometido es encontrar el Libro de las Hadas y traerlo al Castillo. En cuando sepan de alguna pista o tengan el propio Libro, usen el silbato que hay en su chaqueta, los traerá a todos de inmediato al Castillo. Tengan cuidado y regresen todos en cuanto su tiempo esté agotado.
Los chicos asintieron y como si una nube de polvo se tratara, todos desaparecieron.
– ¿Estáis bien todos? –la voz de uno de los chicos sonó. Al unísono respondieron que estaban bien y empezaron a andar.
Era de noche y hacía frío, las calles estaban mojadas y apenas se escuchaban sonidos por las calles. Todo estaba en perfecta harmonía de silencio, que solo era interrumpido por los zapatos con leve plataforma que Virgine, había decidido llevar.
Estaba claro que su uniforme no era el indicado para llevar en la misión. Unos pantalones vaqueros y unas camisas color marrón casi oscuro era lo que todos llevaban, además de unas botas de caña alta hasta la mitad de sus gemelos.
–Haces demasiado ruido, Virgine, no pises tan fuerte –se quejó el mismo chico que había preguntado por su estado al llegar –nos van a ver por tu imprudencia.
–Cállate, Charles, a penas se me escucha. El chico rodó los ojos y continuó liderando el grupo. René iba detrás de él y los demás a su lado.
–Creo que será mejor que nos separemos. Unos deben entrar en la Catedral y los otros deben quedarse fuera. Seguramente tambien pensaron en los exteriores de Notre Dame, así que... René y Silence, quedaros fuera, Nosotros tres miraremos dentro, para cualquier cosa... –Charles, el líder al parecer, sacó un teléfono móvil de su bolsillo– yo tengo otro, el número está preparado para que pulséis el verde y llame directamente. En media hora, todos aquí. ¿De acuerdo?
¡De acuerdo! Sonó al unísono.
***
–Siento todo esto. Habló por fin René –No tenía ni idea de eso, nunca he sabido nada más que las historias que Carter me contaba. Todo esto me ha cogido por sorpresa y ahora...
–Ahora te sientes mal, lo sé, yo tambien y no podemos hacer nada para evitarlo. Cumpliremos la misión y nos iremos, cada uno por su camino. –se resignó a decir tristemente ella.
– ¿Y nuestros padres?
– ¿Tú sabes quién son? ¿Los has visto? Carter te contó muchas historias, está claro, pero... ¿y la verdad? Si tanto te quería debió de habértelo contado, por lo menos...
–Por lo menos ¿qué? –preguntó él
–Francine tenía razón al decirme que no creyera ninguna historia. Jamás pensé que la historia que nunca debí de creer era la de la mujer que me crió. –dijo.
–Posiblemente tu madre sea tu madre, al igual que mi padre era mi padre. Pero a ella le costó más despedirse de ti y a mí me dejó en cuanto pudo.
–Tal vez... hubiera preferido eso. Angelina me hubiera cuidado como Carter hizo contigo. Probablemente, no tendría interés en saber quiénes son mis padres, posiblemente en el Liceo hubiera estado como en casa hasta que...
–Hasta que un joven y apuesto Brujo de Boston se presentase en el Liceo y tengan su primer encuentro en el Gran Salón ¿no? –dijo él burlonamente, recordando su encuentro la primera noche de ésta en el Liceo.
–No creo en tanta coincidencia, a penas leo. Quizá te hubieras encontrado con Francine allí, tiene unos cien libros bajo su cama, los esconde con el faldón de la cama, pero los vi, y ella me pidió que lo mantuviera en secreto.
–Entonces guardas fatal los secretos, Lensie.
–No me llames Lensie, suena fatal escucharlo de tu boca.
–Sin embargo, mi nombre suena a gloria cuando sale de la tuya.
Él se acercó a ella lentamente.
– ¿Qué estás haciendo, René? –dijo ella con la voz cortada. René estaba en frente de ella, con la Catedral de fondo. Tenían que estar buscando el Libro, y no habían avanzado nada. “Porque allí, mil ojos hay”. La canción de las muchas películas que Marie le puso cuando era pequeña resonó en su cabeza. Miles de gárgolas salientes de la Catedral los observaban, con sus ojos potentes.

– ¿Ves? Suena a gloria.




No hay comentarios:

Publicar un comentario