domingo, 22 de diciembre de 2013

Capítulo décimo noveno

Nota de la Autora (Breve):

Voy a empezar a escribir los últimos capítulos desde el punto de vista de Silence, porque creo que es bastante necesario.

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René me arroja una toalla mojada que ha encontrado encima de uno de los tocadores. Froto como puedo toda la toalla por la cara para quitar el maquillaje y el exceso de purpurina que perfila mis párpados. René desaparece y vuelve a aparecer con unos jeans, un jersey negro y un abrigo.

Lo miro.

–¿Te importa? –digo cogiendo la ropa y vuelvo a mirarle. Al parecer entiende que su presencia en este momento no es necesaria y coloca un biombo entre él y yo.

–Deberías cambiarte más rápido. Seguro que para quitártela no tardas tanto.

Aparto inmediatamente el biombo que nos aparta y mi mano acaricia fuertemente su mejilla. Al parecer se asombra y coloca muy rápido su mano encima de la marca que ahora decora su cara.
–Lo siento –dice cabizbajo. –¿Estás?
–Vamos. –digo muy seca colocándome el abrigo.

Atravesamos medio castillo y todo el jardín hasta llegar a la calle. Está totalmente desierta y solo los coches de los invitados que han venido a ver la función, habitan en las húmedas calles. Al momento, René me vuelve a coger del brazo y me conduce calle abajo, girando en la siguiente calle y, cruzando el puente de Ehren, llegamos a una parada de autobús.

–Bueno, creo que ya puedes decirme a dónde vamos, ¿no? –le cuestiono.

–Angelina avisó a Laia unos días antes de la función –dice él sin pausa–, al parecer les habían dado información falsa sobre la localización de los Cienojos y...

–¿Y...? ¡Vamos René, qué pasa?

–Estaban solo a kilómetros del Liceo, en un pueblo, muy cerca de Toulousse. Creemos que han atacado el Liceo, por lo que no sabemos quién ha salido vivo de allí.

–¿¡Entonces puedes explicarme qué narices hacemos que no estamos ayudándoles!? ¿Por qué nos hemos quedado aquí? ¿Por qué Laia no nos dijo de ir a ayudarles, René? –estoy demasiado alterada como para darme cuenta de que el autobús está a tan solo un semáforo de llegar y yo estoy al borde del delirio y la ira. Sobre todo de la ira.

–El Cristal, hermana, el Cristal.

–¿El Cristal? ¡No me importa ese Cristal! ¿Sabes a cuanta gente que quiero he tenido que dejar por el camino para buscar ese estúpido Cristal? –respiro profundamente, cogiendo aire por la nariz y soltándolo por la boca. Una vez tranquila, veo el autobús acercarse y detenerse en frente de nosotros. René saca de la cartera dos billetes y se los entrega al conductor, éste le da las vueltas mientras me mira con cara extraña, seguramente todavía llevo purpurina en la cara.


Nos sentamos por el final. Apenas hay gente en el autobús: un señor con gorra lee un periódico extraño, puedo leer las palabras <<Le Monde>>, y bajo el título, una fotografía del hallazgo de nuevos compartimentos en el subsuelo del Arco de Triunfo y un arqueólogo posando con una paleta. Esa imagen me es muy familiar, como si la hubiese visto antes, pero yo nunca he estado en el Arco de Triunfo y mucho menos en el subsuelo.

–¿Te interesa las noticias francesas? –dice René cerca de mi oído.

–La fotografía –digo y señalo al periódico–, me suena mucho.

–No puedo creerlo ¿lo dices en serio? –abre mucho los ojos mientras me mira.

–Sí, ¿por qué?


–Es ahí en dónde Angelina ha dado la orden de buscar el Cristal. Es ahí a donde vamos.