Los dos jóvenes, aun ruborizados por el momento, miraron por
la ventana del auto y vieron que estaban en una especie de campiña –Carter, el
tutor de René, les había dicho que sería una casa señorial, y se la imaginaron
en el centro de París–, apartada de la ciudad y rodeada por árboles gigantescos
que producían una larga y fresca sombra.
El coche avanzó y las verjas de bronce chirriaron. La casa
señorial que los chicos esperaban resultó ser una especie de Castillo, con
fuertes muros de roca viva, como el cartel del Liceo en Toulouse, almenas y
puertas enormes se alzaban. René miraba con la boca abierta, mientras que
Silence, se la tapaba con la mano.
Los jardines eran extensiones de largas hectáreas
trabajadas, arbustos redondos y formando animales, desde pavos reales hasta
osos y lobos; fuentes grandes y pequeñas, y como no, estatuas de mujeres
semidesnudas, querubines y animales, estaban colocados perfectamente sobre el
césped que rodeaba toda la extensión de terreno. Todo era verde, oscuro, claro,
color pistacho, esmeralda... solo la zona frontal de la entrada principal, en
donde el cochero debía aparcar, estaba decorado con rosas blancas, amarillas y
naranjas. Ninguna era roja.
–¿Estás seguro de que es esto la casa señorial? –le pregunto
la niña a René.
–¿Me lo dices a mí? –Él la miró–, sé lo mismo que tú. El
joven se dio cuenta de que en su mano tenía la nota que Carter le dio en la
despedida. Él la abrió y en su lugar, una serie de normas iban escritas en
ella. Entonces el volvió a mirarla. –Bienvenida al Castillo de Saint Claire,
Lenss.
***
20 de Noviembre de dos mil trece.
Querido chico:
Sé que este cambio tan brusco te
habrá afectado moral y psicológicamente, René. Esta carta expresará todo lo que
has significado para mí, solo por si algo malo sucediera, me gustaría que
supieras esto.
He estado cuidándote desde que eras
un niño pequeño con ganas de jugar. Recuerdo el día en que tu padre te dejo
conmigo, llevabas el pelo perfectamente peinado hacia atrás y tus ojos estaban
rojos de tanto llorar; lloraste toda la noche y parte del día siguiente. Al principio
no sabía cómo explicarte que estando en este colegio estarías a salvo, que tu
padre te quería y que lo hizo por ti. Sé que ahora te preguntarás ¿Y dónde está
él? Posiblemente, tampoco te lo habrás preguntado. Sinceramente, no he vuelto
saber nada de él, no tengo tanta influencia en el Consejo como Angelina, pero
nunca he dejado de pensar en qué pasaría si él regresase, en como actuarias
ante la situación. Ahora eres un hombre muy fuerte y un gran brujo, lo sé, te
he estado preparando para este momento y sé que lo harás genial. Te he querido,
te quiero y te querré como si fueras mi propio hijo y no dudaría en dar mi vida
por ti.
Pd: si no quieres mostrarle esta
parte a tu compañera lo entenderé, pero hay una segunda hoja, esa debéis leerla
los dos
Te quiere,
Carter Arese.
***
–Déjame verla René, no tiene gracia– René levantaba la carta
sobre sus cabezas y la altura de la joven no le permitía alcanzarla, por lo que
el chico continuaba con el pique.
Ambos estaban en frente de la puerta principal, el cochero
se había ido y sin decir ninguna palabra más, hasta que la puerta se abrió,
mostrando a una señora con un vestido parecido al de Angelina en el Liceo, pero
más recatado y cubierto que el de ésta.
–¿La señorita Silence Forbes?– preguntó mirando a la chica.
Ella asintió con la cabeza y se giró esta vez para mirar a René. –Y supongo que
usted es el señorito Vien, ¿me equivoco?
–Para nada, señora... –Silence dudó. Esa señora sabía sus
nombres pero ellos no tenían ni idea de quién era esa mujer.
–Llámame señora Lagrate, Laia Lagrate. Pero ustedes,
señoritos nunca deben de tutear a las personas mayores, es de mala educación y
una falta de respeto. Por favor –dijo haciendo un ademán con la mano hacia
dentro del castillo–, pasad, os están esperando y tenemos que tomar sus medidas
para el uniforme.
–Como usted mande, señora Lagrate. La voz de Silence era
menuda y apenas audible. Estaba asustada. Esa señora parecía que hubiera salido
de una novela antigua, de las que tenía su madre en la estantería del comedor,
con las hojas amarillas y tapas en un profundo relieve tosco y viejo.
Los dos pasaron al interior del castillo, siguiendo a la
señora Lagrate, que ondeaba su trasero de izquierda a derecha a medida que
avanzaban por un enorme y hermoso pasillo –nada que ver con el frío y basto del
Liceo–.
–Jovencitos –carraspeó antes de hablar otra vez–, este es el
pasillo de las Luces, que da directamente al comedor principal. Allí comeréis
con los demás alumnos...
–¿Hay otros alumnos? –preguntó Silence.
–Es de mala educación y una falta de respeto interrumpir así
a un superior, señorita Forbes, no le han educado bien en el Liceo, por lo que
veo. La señora Lagrate parecía molesta.
Silence solo llevaba poco más de un mes y medio en el Liceo y lo único que
había aprendido era a hacer pócimas de invisibilidad, tele-transportación –que
se le daba fatal– y un par de conjuros más, como el de protección o rapidez.
–Disculpe a mi compañera, madame Lagrate –dijo tan educadamente
René, que hasta Silence se sorprendió–, ella apenas conocía la existencia de su
poder y sus habilidades. Hemos tenido que darnos prisa en que aprendiera los
hechizos más útiles por ahora en su formación. Terminó con una inclinación de
cabeza.
¿Hemos? ¿A caso René le había ayudado en algo? Más bien,
parecía que éste le había estado poniéndole obstáculos por todo el camino.
Condenado Vien, pensó Silence, le había hecho parecer estúpido, débil y tonta.
–Por lo menos uno tiene educación. –escupió la señora Lagrate.
Las puertas del comedor se abrieron por arte de magia, pensó
la niña. Luego descubrió que el poder de las Brujas era más poderoso que solo
para ser utilizada para abrir las puertas. Dos hombres de mediana estatura y
con uniforme azul, del mismo tono que Laia, estaban detrás de las puertas y que
ellos la habían abierto.
Al entrar en la sala vieron a algo más de una docena de
chicos y chicas, de distinta apariencia cada unos, pero con el mismo uniforme. Ellos
unos pantalones a la altura de las rodillas y chaqueta y camisa a conjunto del
pantalón. ¿Marrón tronco? Sería un perfecto calificativo. La chaqueta estaba
decorada con ribetes dorados por la zona de los botones, las mangas y el
cuello. En cambio, ellas, llevaban un vestido largo de color beige, con un
corsé apretado, que parecía que no podían respirar ninguna de ellas, y adornado
con los mismos ribetes dorados que los de los chicos –sus peinados estaban
hechos al gusto de cada una y uno–: trenzas largas con ramas finas de sauce
enroscándose con los gruesos mechones negros, pelos hacia atrás y despeinados,
rizos rubios, castaños y rojos intensos y recogidos preciosos con pizas con
incrustaciones de zafiros y rubís.


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