domingo, 27 de octubre de 2013

Capítulo décimo séptimo

Hola a todos:)
Este capítulo será aclaratorio sobre el pasado de los brujos y sus raíces. Conoceremos (con fotos) a Olaf, a Caroline y a muchísimos más personajes de la historia, sobre todo la infancia de Marie y el resto de su familia. También será una especie de Notas de la Autora, pero ya veréis por qué.
Espero que lo disfrutéis ^^
Xx



20 de Diciembre de 1732, Salem (Massachussets)

Sencele terminó de leer el Libro de las Hadas. Lo pudo recuperar después de la gran quema cerca de su Castillo. Habían perdido a más de la mitad de sus amigos y compañeros.

Abigail Fearençe, bruja Aguamarina y amiga de Sencele, fue una de las enviadas a  la segunda Encomienda en Amberes, junto con su marido. Sencele, debido a su gran poder, fue la única en quedarse en el Castillo cuidando de las siguientes generaciones de brujas y brujos americanos, sobre todo de sus hijos.

Primero nació Edward y después Caroline, ambos con los ojos de su madre; más tarde llegó Marie, que se convirtió en el capricho de su madre, llenándola de mimos y carantoñas. Sencele tampoco podía evita mimar a los hijos de su amiga: Jared y Harold, los primeros gemelos en la nueva generación de brujas Aguamarina. 


(Sencele cuidadando de los 
              niños)



(Sencele con Marie)


-Pensé que no llegaríamos nunca -dijo agotada Abigail a su marido-, los niños están con Sencele, gracias al Cielo.
-Lo sé querida, pero era necesario acudir. Esos traidores no dirán nunca dónde escondieron el Cristal. Por lo menos teníamos que intentarlo. -Giordano también era un Aguamarina, pero podía utilizar hechizos de Pielazul.

La raza Pielazul se consideró la última en el mundo, pero no fue así. Un grupo de Aguamarina sobrevivieron a la primea Encomienda, una batalla entre brujas y Cienojos por la recuperación del Cristal robado, y Abigail y Giordano, al igual que Caleb ySencele, sobrevivieron con edades muy tempranas. 

En el Libro de las Hadas, se descubrió una profecía: los últimos hijos de aquellos que concentraban el mayor poder, serían la solución, la respuesta y la esperanza para la raza de brujos, por eso, Sencele pensó que Marie, su última hija era la salvación para todos, pero ellos no sabían que Marie no sería la última hija de Sencele y Caleb, y que serían dos, y no una, las personas necesarias para la profecía.





(Abigail Fearençe y Giordano Fearençe llegando al Castillo de Caleb y Sencele)

El matrimonio entró al Castillo, estaban exhaustos pero contentos por ver por fin a sus hijos. Abigail los echaba tanto de menos. En ese momento, las puertas se abrieron dejando pasar a Sencele, con cara de preocupación, rápidamente los jóvenes se acercaron a ella, Abigail rozaba la veintena al igual que su marido y su amiga. Ella empezó a hablar.

-No es Marie, Aby, no es ella -le confesó preocupada-, he leído hasta la última línea de ese maldito libro y no dice nada de que sea ella. Su respiración agitada hizo que empezara a llorar y Aby, como buena amiga, la sujetó.

-No tiene por qué decir precisamente su nombre, Sel, no creo que ese libro rebele quién es el enemigo de nuestros enemigos. Es mejor así, y lo sabes, si su nombre es un secreto, mantendremos el silencio -dijo Aby a su amiga, que dejó de llorar-, les haremos creer que Marie es lo que buscan, sin arriesgar su vida. Tranquila.

-No puedo estar tranquila - esta vez miró a Giordano- ¿qué pasaría si fueran Jared o Harold? ¿Estaríais tranquilos? ¿Podríais soportar la idea de que os quieren arrebatar a vuestros hijos para así matarnos a todos? Ellos no son su experimento. Me niego. -terminó negando con la cabeza, y hablando a media voz.

Aby y Giordano fueron acomodados, junto con sus hijos, en una de las cincuenta habitaciones que tenía el Castillo. Esa noche, Selence acostó a Edward y a Caroline en la misma habitación, puso a diez guardias en todo el pasillo para que custodiasen su habitación. Ella, durmió con Marie. La niña solo tenía cinco años y ya era parte de la solución que sus padres necesitaban para salvarlos a todos.



15 de Septiembre de 1820, Toulouse (Francia)

Las puertas de la habitación se abrieron de par en par asustando a Caleb. Sencele se había puesto de parto al igual que Aby, y tanto él como Giordano esperaban en la sala, pero este último se vio más tranquilo.
La matrona entró con un bebé en brazos, era un niño. La sonrisa de Caleb relucía tanto como el sol de esa misma mañana. Su segundo hijo, y posiblemente, él sería la solución.

Unas horas más tarde, la matrona hizo pasar a Giordano. El joven entró y vio a su esposa dormida, por el gran esfuerzo. Detrás de él entraron sus hijos. Ambos habían crecido, pero su aspecto era de chicos de quince años porque para los brujos y las brujas, el tiempo pasaba muy lento y en un momento determinado, el tiempo deja de existir en su vida, para convertirse en eterna.

-¿Dónde está? -le exigió Giordano a la matrona -¿donde está mi hijo?

-Es una niña, señor -la matrona se giró con una pequeña de poco pelo. Aun tenía los ojos cerrados y apenas lloraba, solo pequeñas quejas de una neonata.

Jared la cogió en brazos, ante la atenta mirada de su gemelo y su padre. Los tres sabían ya cómo nombrar a la pequeña.

-Se parece mucho a ella, ¿verdad? -preguntó Giordano.
-Tiene los ojos de Harold -dijo Jared.
-Entonces también tiene los tuyos, estúpido -le contestó Jared.
-¡Callad! --dijo Giordano, haciendo llorar al bebé -, oh mirad lo que me habéis hecho hacer. Volved a vuestra habitación, mañana es la Tercera Encomienda y debemos ir. Todos.
-¿Madre también? -preguntó uno de los gemelos
-Especialmente vuestra madre -dijo rotundamente, y les cerró la puerta.
(Jared y Harold)


Dos años después, Abigail dio a luz a otros gemelos. Sencele nunca los vio al igual que a su último hijo.
Aby, Giordano y sus hijos, murieron en la Quinta Encomienda en 1912, los Cienojos habían roto el acuerdo y prepararon una emboscada en la que solo regresaron cuatro brujos, una de ellas, Abigail, pero no pudo soportar las heridas y falleció. En ese momento, Sencele estaba embarazada y planeaba llevar a cabo el mismo plan que ella y su esposo idearon para sus otros hijos y para los hijos de sus amigos: todos ellos serían entregados a familiares cercanos, para que los criaran como hijos propios, cubriendo así la identidad de los herederos de tal poder que acabaría con los Cienojos de una vez.
(traición de los Cienojos y quema de las brujos y brujos Aguamarina y Pielazul)

Caroline Valois con 20 años 

Olaf Valois con 25 años

Marie con 17 años

Edward con 20 años

El libro fue escondido ¿Dónde? solo Sencele y Caleb lo saben. Tras la muerte de sus amigos, las Encomiendas fueron canceladas y dejaron de tratar con los Cienojos. Los acuerdos de paz se rompieron y la alerta roja se elevó al máximo nivel. Miles de hechizos fueron puestos en el cielo encubriendo la identidad de sus hijos, y tutores se encargaban ahora de cuidar a las siguientes generaciones de brujos y brujas. Los Aguamarinas fueron descendiendo en número hasta creerse extinguidos.


27 de Noviembre de 2013, en la Actualidad (Palacio de Saint Claire, París)


Solo se necesitaba saber a qué puerta entrar para descubrir dónde está escondido el libro y a veces la llave para abrirla solo está en los sueños. Sencele visita todas las noches la mente de su última hija, Silence, haciéndole recordar parte del pasado, episodios que ella nunca llegó a vivir, conociendo a gente prácticamente inexistente en su vida y que ahora se estaban convirtiendo en pequeñas piezas del puzzle de su vida. 
El Arco de Triunfo, susurró alguien en la mente de Silence.

-¿Has escuchado eso, Alden? -Silence zarandeaba el brazo del chico que dormía a su lado. Ambos estaban en la cama de Silence, casi abrazados, se habían quedado dormidos después de la larga sesión de besos y muestras de cariño. Alden la miró con los ojos adormilados. 

-¿Qué horas es? no, no he escuchado nada Lenss, duermete. -dijo hundiendo nuevamente la cabeza con el cojín.

-Su voz me sonaba, y he soñado algo muy extraño.

-Solo era una pesadilla, duérmete- Alden se giró y la rodeó con sus brazos.

-No, no era una pesadilla. -susurró. Es parte de mi vida, quiso decir.






martes, 22 de octubre de 2013

Capítulo décimo sexto

Laia no mentía cuando dijo que a las seis de la mañana debían estar despiertos y perfectamente vestidos. Cara, la sirvienta de la planta doce del castillo, había tocado insistentemente la puerta de la habitación de Silence, despertando no solo a ella, sino a  los demás alumnos de las otras habitaciones del pasillo.
– ¿Qué es eso? –preguntó  Alden con los párpados entrecerrados.
–Eso, mí querido brujo –contestó Lenss incorporándose en la cama–, es la llamada de la jefa.
– ¿Os despiertan a porrazos en la puerta? –dijo él con los ojos más abiertos.
–Vivimos al límite –contestó ella con una sonrisa. Acto seguido, Lenss se levantó de la cama. Su pelo era una maraña color caramelo con destellos dorados, su camisón estaba levemente arrugado e iba descalza caminando por la habitación. Descorrió las cortinas de los dos ventanales que tenía su habitación, dejando pasar los primeros rayos de la mañana. Alden la seguía con la mirada ¿Porqué le era tan familiar aquella chica?

***

En el comedor,  estaban sentados quince alumnos Pielazul y al lado de Lenss estaba Alden; Laia presidía la mesa y mantenía la conversación con dos alumnos; Virgine jugueteaba con la gelatina de frutas que había en su plato de porcelana fina y René y Charles hablaban, mientras los sirvientes llenaban tazas de café, té o traían más azúcar a la mesa.

–Al menos no me miran como si fuera un delincuente –dijo Alden.
–No lo hacen porque no lo eres, además no todos son como René y Virgine, ellos te han aceptado  –dice esta vez, mirándole a los ojos–, saben que eres importante.

Le sonrió.

Cuando terminaron de desayunar, todos fueron reunidos en el teatro de la planta inferior del Castillo. Todos se miraban confusos sin saber por qué esta vez debían ir al teatro. Normalmente lo utilizaban para las visitas, Laia contrataba a buenos intérpretes de grandes obras y las representaban allí para sus invitados, pero esta vez, les pilló por sorpresa.
–Señores y señoritas, atiendan por favor –dijo Laia y carraspeó–, este domingo recibiremos la visita de Olaf Valois, el dueño del Castillo, como ya sabréis. Ante la noticia Virgine empezó a dar saltitos y palmaditas como una niña tonta. –El caso es, que no es precisamente la visita de los Valois al castillo lo que nos interesa, sino la visita de otras personas. Dos miembros de los Cienojos estarán presentes ese día, en este mismo castillo –dijo, y un revuelo empezó a propagarse por todo el teatro, resonando por las increíbles y altas paredes. – ¡Callad, por favor! No hay de qué preocuparse, todos los superiores del Consejo están avisados de su presencia, y vuestra será la misión más importante.
–Estamos arriesgando nuestras vidas por algo que nunca hemos visto, Laia. No haré nada que ponga tan en riesgo mi vida –dijo uno de los alumnos, el chico de pelo negro y ojos avellana. Había cruzado sus brazos sobre su pecho y apartó la mirada de la señora Lagrate.

–James, esa no ha sido una buena contestación por tu parte. –acusó Laia.

–Yo estoy con James –protestó Charles.

Gritos a favor de los dos muchachos resonaron otra vez por la sala. Laia los miraba atónitos, solo Virgine seguía en su posición y Alden sujetaba la cintura de Lenss, apartándola del griterío que se había formado en el centro del escenario. Incluso René se había unido al revuelo.

Laia mandó un fuerte grito, impropio de una dama, que hizo que todos se callaran a la vez, mirándola.
–No tenéis de que preocuparos, vuestra misión será bailar ballet, representaréis el Lago de los Cisnes para los presentes.
–Yo no sé bailar ballet, madame Lagrate. –dijo Sarah, una de las más jóvenes en el castillo.

–No os preocupéis, vuestra preparación empieza hoy, hay cinco profesores profesionales esperándoos en la sala trasera. Los vestidos y los zapatos están hechos a medida así que no tendéis problemas con ellos. Y una cosa más chicos –dijo girándose hacia ellos y con el dedo índice hacia arriba–, no os olvidéis de que debe ser una gran actuación, no queremos que esa maldita secta salga descontenta de aquí.

Mientras que el resto de las chicas y chicos se colocaban sus maillots y los zapatos de ballet para empezar con la clase, Alden y Silence se habían quedado en las últimas butacas del teatro, queriendo así, tener un poco de descanso.
–Él me odia, lo sé, no intentes convencerte a ti misma de que es mentira lo que te estoy diciendo.
–René solo está disgustado por la noticia que nos dieron, él no tiene ningún problema contigo. –dijo Lenss.
–Si eso es lo que quieres creer...–dejó la frase en el aire, pero no dudó en continuarla–, ¿como te sentirías tú, si un día lo tuvieras todo y al día siguiente viene otro y te lo quita, así porque sí? René piensa que se lo he quitado todo de la noche a la mañana, no hay mirada más sincera que la que recibo por parte suya desde que nos encontramos. –dijo él, agachando la cabeza.
–Pero tú no le has robado nada, él tiene su casa aquí, sus amigos, la protección del Consejo...–ella fue interrumpida.
–Pero ya no te tiene a ti.
Silence cogió su mano y la sostuvo hasta que la profesora de ballet salió para empezar. Ambos se levantaron de la butaca, aun cogidos de la mano.
–Creo que ya voy recordando quien eres, Alden.
***

Los días iban pasando y el entrenamiento era más duro. Las chicas necesitaban una mayor elasticidad y los chicos mayor ligereza en sus movimientos. Los días de práctica se convertían en días cómicos y de diversión para los alumnos, incluso René parecía estar pasándoselo bien.

En un día de entrenamiento, René se acercó a Silence.
– ¿Tienes que esperar a que me acerque yo para hablar? –le preguntó él al oído.

–Si dejaras de apartar tu cara cada vez que intento hablarte... –el sonrió y resopló.

–Ni siquiera has estado pendiente de lo que hago, tienes otros intereses, ¿no?

– ¿Debería? –Preguntó secamente ella–, está claro que tengo otros intereses, aprender a bailar ballet en menos de tres días, ¿te parece poco?

–Ay hermanita –dijo rodando su cuello, con el brazo–, estoy seguro de que bailarás genial. –dijo y le dio un beso en la mejilla, ruborizándose así, ella.

***
–Es tu hermano, es normal que te dé ánimos –aclaró Alden. Ya era de noche y después de haber cenado todos juntos, como siempre, subieron cada uno a su habitación.
–Los hermanos no hablan con ese tono, Alden –dijo ella acolchando la almohada y colocándola de nuevo en su cama.
–Has sido criada como hija única, brujita, no creo que tengas mucha idea de cómo se hablan los hermanos. –afirmó sabiamente él.
Silence enrojeció y le lanzó el cojín dorado que decoraba su cama, él como respuesta se lo devolvió, pero con más fuerza.
– ¡Alden! –protestó la chica.
–Has empezado tú – dijo él entre sonrisas–, ahora atente  a las consecuencias.
En un momento se desató la tercera Guerra Mundial en la habitación de la planta doce. Los dos jóvenes se perseguían, ambos con el pijama ya puesto corrían y se subían a las camas como dos críos jugando. Lo divertido era que nadie podía decirles que pararan.

Ambos cayeron en redondo sobre la cama de Silence, Alden seguía riéndose y Lenss estaba roja por el esfuerzo de haber recorrido la enorme habitación.

–Ahora entiendo porqué René me miraba así. –dijo Alden.
– ¿A sí, y por qué? –preguntó ella
–Porque él ya no va a poder volver a hacer esto. Y yo no pienso cansarme de hacerlo.


Alden se inclinó sobre ella, cubriéndola completamente. La tomó por su rostro y empezó a besarla. Silence le siguió, hundiendo sus manos sobre el pelo del chico, mientras que él, bajaba su mano para encontrarse con la cintura de ella. Silence se sintió por una vez, desde que todo había empezado, a gusto, feliz. Alden la besaba cada vez con más fiereza y ella le respondía con los mismos besos. Rodaron por la cama y Lenss quedó arriba, mirándolo. No podía ser más hermoso.


                                                                
                                                           *** 

 4 de Julio de 2001,Castillo de Saint Claire (París)

El baile de máscaras había empezado y Caroline bailaba con sus hijas en un pequeño corro en el centro del palacio. Olaf observaba detenidamente a Virgine y Karina, ambas habían sido entregadas a los Valois para ser cuidadas desde el día de su nacimiento.El problema era que Karina era una Aguamarina y Virgine era una Pielazul, ambas gemelas pero de diferente raza, algo completamente inusual.

 Mientras que la música seguía sonando en el Castillo y los invitados se divertían, Olaf fue advertido por uno de sus súbtidos de que los Cienojos habían entrado al Castillo y exigían verle.

-Señor, han amenazado con entrar a la fuerza. No he querido tomar un riesgo innecesario, así que he preparado un carruaje para su esposa y las niñas. - el joven inclinó la cabeza.
- Bien hecho Thomas, no quiero que los planes se vayan al traste. La profecía debe cumplirse, y esas niñas tienen que vivir.
-Lo entiendo, mi señor. -volvió a inclinar la cabeza. -entonces... ¿les digo que pueden pasar?
-Hazlo, veamos que quieren. Llama a Caroline y dile que esté preparada. 

El joven vasallo asintió y se fue corriendo por la sala hasta desaparecer por completo.
No pasó ni un minuto cuando los Cienojos entraron en el Castillo, de la manera más imperdonable, con gritos y risas chirriantes. 

Las niñas se refugiaron en las faldas de Caroline. Ella era una mujer fuerte a la que le habían encomendado la misión de cuidar a esas dos pequeñas, una promesa irrompible que muchas brujas tuvieron que hacer.

-¿Qué buscan en mi Castillo? Aquí no son bien recibidos y lo saben. Olaf se puso delante de su esposa, cubriendolas a las tres.
-Esas niñas son lo que buscamos. Entregadlas y nadie saldrá herido.

 Ante las palabras del primer Cienojo, Olaf dio la voz de alarma, todos los varones de la sala desenfundaron su espada y empezó la lucha. Caroline sujetaba las manos de las niñas mientras corrían, y ante la presencia de uno de los Cienojos, Caroline aceleró la marcha.

Las niñas casi no podías seguir el ritmo y Karina se soltó, cayendo al suelo y siendo atrapada por uno de ellos, Caroline tambien calló junto con Virgine, que miraba como se llevaban a su hermana. De la nada, otro apareció para atrapar a Virgine, pero Olaf lo atravesó con su espada.

Olaf y Caroline, no pudiendo soportar la culpa, borraron los recuerdos de Virgine sobre Karina, y abandonaron el Castillo, dejándolo como refugio bajo el hechizo de protección. Dejando a Virgine con cinco años al cuidado de Laia Lagrate.



jueves, 17 de octubre de 2013

Capítulo décimo quinto

Los gritos de Laia eran audibles hasta en la Avenida Principal de la ciudad. Alden encerraba su rostro con sus manos mientras esperaba en el Pasillo de las Luces del Castillo de Saint Claire.
– ¡Me niego rotundamente! Él no puede estar aquí, ¿en qué estabais pensado jovencitos? –el disgusto de Laia frente a la presencia de Alden, un brujo Aguamarina, era solo el principio del griterío. Virgine había aparecido solo unos minutos después de que ellos llegasen al Castillo con el joven brujo. Virgine se había desmayado y había caído en redondo al suelo. Ahora descansaba sobre un sillón Luis XVI, con la cabeza cubierta de toallas mojadas en esencia de eucalipto para calmarla.
–Lo estaban persiguiendo, madame Lagrate. No podíamos simplemente dejarlo solo allí. ¿Qué pasaría si a alguno le ocurre lo mismo? –Silence, casi con lágrimas en los ojos, miraba a su nueva tutora. Ella estaba tan recta con su traje marino, ceñido por la cintura sin mostrar apenas su cuello, sus muñecas o sus tobillos. –Además, él podría sernos de ayuda. René bufó como un gato aburrido.
– ¿Qué es eso que te hace tanta gracia, René? –Preguntó Laia–, ¿a caso este tema te aburre? Tenemos un Aguamarina en el Castillo de los Valois, y ellos no tardarán en visitarnos. Tenemos nuevas misiones y no podemos ocuparnos de un forastero, señorita Forbes. –dijo mirando a la chica, que sorbía sus mocos y secaba sus lágrimas con las mangas de la blusa marrón.
–Yo me encargaré de él –dijo convencida Silence–, yo podría mantenerlo al margen de las cosas, y en cuanto nos sirva de ayuda, pedírselo.
– ¿Tan segura estás de que nos la ofrecerá? –Preguntó madame Lagrate, enarcando una ceja.
–Tan segura como que el cielo es azul.
–Yo no veo esto muy claro – dijo René–, ¿qué pasa si es un espía?
–René, cállate. Sé que no es un espía, créeme.
– ¿Debería creerte? Por favor... –volvió a bufar el chico.
– ¡Basta de estupideces muchachos! –Anunció la mujer–, los quiero frescos para mañana por la mañana. El Aguamarina podría dormir en su habitación, señorita Forbes, mandaré una criada a su cuarto para que coloque otra cama. Será su responsabilidad. Mañana el horario empezará a las seis en punto...–dijo decidida–, y otra cosa, esto no es un juego, sus vidas y la de los demás está en juego. Incluso la de su amigo, señorita.

***
–Las doncellas me han dado esto para ti. Es un poco grande pero para mañana ya tendrán tu uniforme listo. –dijo Silence con una sonrisa mientras le lanzaba la camisa blanca a Alden. El estaba con el torso descubierto y llevaba un pantalón de pijama que Charles, el quejica de los pasos, le había dejado.
Ninguno parecía estar molesto con la presencia de Alden, exceptuando a Virgine y René, que seguían con la misma cara de vinagre desde esta tarde.
–No sabes cuánto te agradezco todo esto, Silence. –asintió mientras se sentaba sobre su cama. Estaba colocada a unos tres metros de la suya, con unas sabanas blancas de seda y cubierta de plumón de avestruz, al igual que su cojín.
–Tengo la sensación –anunció con una pausa– de que ya te he visto antes... ¿es eso posible? –preguntó Lenss.
– A ti también te dio esa sensación ¿verdad?
– ¿Bromeas? ¡Claro que tuve esa sensación! Reconocí tu voz, no miento. Ya la había escuchado en algún lugar... pero parece tan lejano ese recuerdo.
–Tienes toda la razón, yo tambien reconocí tu voz, la escuché antes de chocarnos. Discutías posiblemente con tu compañero. Silence se recostó sobre su cama. Tambien estaba hecha de seda y lana fina. Lenss miró el techo y cerró los ojos con fuerza, hasta que habló.
–Él es mi hermano, ¿lo sabías? Suena patético...
–No lo sabía. Pensé que... –fue interrumpido por ella.
– ¿Qué éramos algo más que amigos? Obviamente, hasta hace dos días,  yo tambien lo pensé así. Somos los hijos de Sencele y Caleb, los creadores de la raza de los Pielazul. Los ojos de Alden se enternecían con las palabras de la chica. Se levanto y se colocó a su lado.
–Sé la historia de nuestros creadores, Lens. Tambien he visto cómo te mira, cómo intenta protegerte, pero yo no soy una amenaza. Mis compañeros aun están ahí fuera, perseguidos por esos monstruos, y voy a volver para ayudarles. Espero que tú vengas conmigo. –sonrió él.
–Primero tengo que cumplir mi misión. Tengo, aunque no lo parezca, personas a las que quiero y no están aquí. Posiblemente estén muertos, posiblemente no... Y si es la primera opción, vengarles sería mi cometido. Aunque llevara mi vida en ello.
–Realmente eres valiente, Lens –dijo el muchacho–, otra bruja me hubiera dejado a mi suerte por las calles de Paris. Otra bruja, no estaría dispuesta a darlo todo por alguien. Siempre ha sido así, nos tildan de individualistas y de faltos de sentimientos, pero no es así.
–Lo sé.


Silence miró a Alden de soslayo. El chico se miraba las manos, sus venas eran color turquesa y formaban un mapa  de líneas sobre sus tensos y musculosos brazos. ¿Por qué le recordaba a alguien? Lo había escuchado alguna vez, pero no sabía ni dónde, ni cuándo.
–Será mejor que nos vayamos a dormir, mira qué tarde es ya.
–Tienes razón –confirmó Alden–, buenas noches. Nos vemos mañana. –dijo levantándose de la cama de Silence y metiéndose en la suya. Ambos se cubrieron con las colchas y con un susurro, Silence le deseó tambien las buenas noches.


14 de Abril de 1999,Boston



El tacón de Alma resonaba por los adoquines de la calle, en Boston. De su mano, el pequeño chico de apenas tres años, intentaba seguirle el paso como podía. Al ver el sobre esfuerzo del infante, Alma lo cogió en brazos y juntos subieron hasta el apartamento.
La joven escuchó un repiqueo en la puerta de su apartamento. Con temor, se dirigió a la puerta y miró por la mirilla. Suspiró.
– ¿Qué haces aquí? Podrían verte... y a él también, Alma. ¿En qué demonios estabas pensando?
–Nos han descubierto un grupo de ellos, hemos tenido que salir lo más rápido posible de allí. ¿Crees que Olaf nos ayudara?
–Lo dudo, él ya tiene otra responsabilidad, y lo sabes. Pasa por favor –dijo con un ademán–, no hagas mucho ruido, lleva durmiendo apenas unas horas.
El apartamento era lo más sencillo que Alma había podido imaginarse. Con el pequeño aun en brazos, lo dejó en el suelo y éste, se dispuso a jugar con una pequeña estación de trenes de plástico que había en la salita del apartamento. La joven traía consigo una bandeja con té de menta y pastas de canela. Colocó la bandeja en la mesita de cristal y se sentó junto a Alma.
– ¿Dónde pensáis ir ahora? –preguntó la joven. Iba con una bata color beige por encima de sus rodillas. Su pelo acaramelado estaba recogido en un moño desordenado y de él, unas bonitas ondas caían hasta sus delgados hombros.
–Supongo que no puedo hacer nada. He pensado en llevarlo al Liceo pero allí no lo admitirán, no es como ellos. –agachó su cabeza, y puso una triste mirada. Lo observaba con cuidado, el pequeño aun tenía rasgos de bebé, con su nacimiento, Alma fue la encargada de protegerlo, así se lo prometió a su madre, al igual, que Marie prometió cuidar a Silence.
–Alden cariño, no hagas mucho ruido. –dijo Alma.
–Sí, mamá –contestó él–, ¿nos lo podemos llevar?
–Alden no es nuestro. –le contestó Alma.
Un ruido sonó en la habitación. Tanto Alma como Marie se miraron. Alma se levantó rápidamente antes que la pequeña apareciese por la puerta de la salita.
– ¿Mamá...? –preguntó la pequeña, unos meses más joven que Alden.

Alma cubrió ante la mirada de la niña a Alden, y como el viento, ambos desaparecieron de la habitación sin dejar rastro.


martes, 8 de octubre de 2013

Capítulo décimo cuarto

La respiración del chico se profundizaba a medida que se acercaba más a ella. Silence estaba completamente alucinada por la acción que René estaba cometiendo y como una ráfaga de viento en su mente, oyó algo.
– ¿¡Qué ha sido eso!? –dijo sobre saltada. Apartó René y giró la cabeza de izquierda a derecha.
– ¿Qué ha sido el qué? –preguntó él atónito ante la reacción de la chica.
–Es imposible que no lo hayas escuchado. ¡Ha sido tan claro! ¿Cómo no lo has escuchado, René?
– ¿Escuchar el qué? –le volvió a preguntar él.
Ayuda... susurró Silence. Sin apenas darse cuenta, estaba corriendo. Giraba y giraba por las calles de París, eso le recordó a la noche en la que ella y su madre huían de los Cienojos. Ese fue el día en el que supo lo que realmente era. El principio del fin.
La voz de René llamándola no la detuvo, ella seguía con su fuerte ritmo, calle tras calle avanzando sin parar. Una fuerte presión en su estómago la hizo caer al suelo de sopetón, apoyando sus manos en los adoquines del suelo. Se sentía mareada y un brazo la levantó como si fuese un saco de patatas.












– ¿Pero qué haces? –le espetó él, guardando casi las formas. Su pelo se había alborotado y unas pequeñas cotas de sudor empapaban el cuello de su camisa marrón.
– ¿Has sido tú, me has hecho caer?
–No tenía otra forma de pararte. ¿Estás bien? –le dijo.
– ¿Has utilizado tus poderes sobre mí? René Vien, ni se te ocurra volver a usar la telequinesis conmigo. ¿Me has entendido?–dijo enfadad. Él la miró sorprendido y asintió. Realmente estaba molesta por su intervención psíquica. Pero ella no se hubiera detenido por nada del mundo. ¿Por qué él no escuchó lo mismo que ella?
–Dime qué es lo que has escuchado. ¿Sabes quién era? ¿Reconoces su voz?
–No sé quién es, solo pide ayuda. Su voz era tan clara... ¿cómo no has podido escucharlo? Ella dejó de respirar por un momento. Su pecho dejó de subir y bajar y sus ojos estaban con la mayor atención del mundo. –Ayuda... –susurró otra vez y sin más, ella volvió a correr en dirección contraria, acercándose a las calles más próximas a la Catedral. René ya no la llamaba, ya no podía usar sus poderes sobre ella, después de que él se lo había prometido. Pero ya no la controlaba, no podía, algo no le dejaba.
Cuando René perdió de vista a Silence empezó a preocuparse. Quedaban cuarenta y cinco minutos para que su misión terminase. El primer turno ya estaría en el Castillo, sin ningún avance, porque, de lo contrario, estarían ya todos en casa gracias al silbato. Al segundo turno le quedaba poco y ellos, el tercero, habían quedado hace quince minutos a la salida de Notre Dame. Pero su teléfono no había sonado, por lo que no volvió a la Catedral.
Cuando pasó rápidamente la vista por una calle, la vio. Echó a correr lo máximo que pudo hasta que lo vio. Las dos figuras habían chocado; él había salido de la calle cruzada y la sostenía en sus brazos mirándose fijamente a los ojos. Aquello hizo que René corriera hacia ellos, apartando a Silence de él bruscamente.
– ¡Aléjate de ella! –Exclamó René– ni siquiera te atrevas a seguirnos, Aguamarina. ¡Vete! El joven no apartó la vista de Silence, al igual que ella a él.
–Suéltame, René. –mandó la chica. – ¿Cómo te llamas? ¿Has sido tú el que pedía ayuda?
– ¿Me has escuchado? –preguntó con los ojos abiertos el chico. Silence miró a René con cara de ¿ves, era él?
–Sí, alto y claro, pero... ¿de qué huyes? ¿Y por qué René te ha llamado Aguamarina? –Preguntó extrañada Silence.
–Soy Alden, y soy un brujo Aguamarina. Puedo controlar los cuatro elementos y un pequeño grupo de los Cienojos me encontró en el bar de la avenida, por eso corría. Además, nunca pensé que mis poderes de mensajería psíquica por aire llegarían a ser escuchadas.
–Bueno, pues ya has visto que sí. Ahora vete por dónde has venido y olvídate de nosotros. –René estaba alterado, sin embargo, a Silence se le había dibujado una pequeña sonrisa. Ese chico le era familiar, pero no sabía por qué.
Alden era alto, de la misma altura que René. Vestía con casi la misma apariencia que ellos dos, pero su camisa era de un tono malva apagado. Su pelo era castaño claro, parecido al de ella y lo tenía perfectamente desordenado y unos preciosos ojos azules. Una bella imagen para los la joven.
–Él podría venir con nosotros, no podemos dejarle aquí tirado –dijo Silence.
–Sí que podemos, y si no quieres vivir en la calle, más te vale no traerlo al Castillo. Virgine te pateará por haber traído a su casa a un Aguamarina.
– ¿Qué tiene eso de malo? A él también lo están persiguiendo y si quieres irte, vete –dijo decidida–, yo me quedaré con él.
–No sabes lo que estás diciendo...
–Chicos, que sigo aquí –Alden alzó la mano, pero fue en vano.
–Sé perfectamente lo que estoy diciendo, no soy estúpida y si no te gusta este plan, vuelve con tus amigos los historiadores, seguro que estarán apreciando las hermosas vidrieras de la Catedral, buscando erróneamente ese maldito Libro.
– ¿Libro? –Preguntó Alden – ¿Qué libro?
–Esto no te incumbe, Aguamarina– interrumpió René
– ¡Alden! –inquirió el joven
–Como sea, mantén tus narices alejadas de nuestros asuntos. Suficientes problemas ocasionasteis en el pasado.

–René, cállate. Vamos a buscar una solución a esto. Pero él... –dijo señalando a Alden–, viene con nosotros. Todos callaron.





lunes, 7 de octubre de 2013

Capítulo décimo tercero

Había pasado una semana desde la noticia. René no había cruzado la mirada con Silence ni un momento, ni siquiera en el comedor. Él había hecho amigos, prácticamente todos los chicos del Castillo. Y Silence no se despegaba ni un momento de Virgine. Le recordaba a Francine, y ella la echaba de menos. Mucho.
–Como encargada que soy –dijo Laia–, esta es vuestra primera misión chicos. Silence estaba de pie, en el Salón principal, a su lado Virgine y detrás de ellas todos los demás, incluido René. –Os separaréis en grupos de cinco, por lo que tendremos tres grupos. El primer grupo estará compuesto por los más jóvenes, nacidos entre Septiembre y Diciembre–. Al momento, unos dos chicos y tres chicas avanzaron, formando el primer grupo. –Los siguientes son los nacidos entre Mayo y Agosto. El proceso se repitió, pero solo había dos chicas esta vez. –Y para terminar, los nacidos entre Enero y Abril. Silence, Virgine, René y dos chicos más, a los que Silence no recordaba su nombre, se unieron formando el tercer grupo. –Señores y señoritas, saldréis en distintas direcciones, el primer grupo, los más jóvenes, iréis por la Sainte Capelle. El segundo grupo, iréis por La Conciergeire, y el último grupo, La Catedral de Notre Dame es vuestro destino. La búsqueda para cada grupo será de media hora, una hora y hora y media respectivamente de menor a mayor. Su cometido es encontrar el Libro de las Hadas y traerlo al Castillo. En cuando sepan de alguna pista o tengan el propio Libro, usen el silbato que hay en su chaqueta, los traerá a todos de inmediato al Castillo. Tengan cuidado y regresen todos en cuanto su tiempo esté agotado.
Los chicos asintieron y como si una nube de polvo se tratara, todos desaparecieron.
– ¿Estáis bien todos? –la voz de uno de los chicos sonó. Al unísono respondieron que estaban bien y empezaron a andar.
Era de noche y hacía frío, las calles estaban mojadas y apenas se escuchaban sonidos por las calles. Todo estaba en perfecta harmonía de silencio, que solo era interrumpido por los zapatos con leve plataforma que Virgine, había decidido llevar.
Estaba claro que su uniforme no era el indicado para llevar en la misión. Unos pantalones vaqueros y unas camisas color marrón casi oscuro era lo que todos llevaban, además de unas botas de caña alta hasta la mitad de sus gemelos.
–Haces demasiado ruido, Virgine, no pises tan fuerte –se quejó el mismo chico que había preguntado por su estado al llegar –nos van a ver por tu imprudencia.
–Cállate, Charles, a penas se me escucha. El chico rodó los ojos y continuó liderando el grupo. René iba detrás de él y los demás a su lado.
–Creo que será mejor que nos separemos. Unos deben entrar en la Catedral y los otros deben quedarse fuera. Seguramente tambien pensaron en los exteriores de Notre Dame, así que... René y Silence, quedaros fuera, Nosotros tres miraremos dentro, para cualquier cosa... –Charles, el líder al parecer, sacó un teléfono móvil de su bolsillo– yo tengo otro, el número está preparado para que pulséis el verde y llame directamente. En media hora, todos aquí. ¿De acuerdo?
¡De acuerdo! Sonó al unísono.
***
–Siento todo esto. Habló por fin René –No tenía ni idea de eso, nunca he sabido nada más que las historias que Carter me contaba. Todo esto me ha cogido por sorpresa y ahora...
–Ahora te sientes mal, lo sé, yo tambien y no podemos hacer nada para evitarlo. Cumpliremos la misión y nos iremos, cada uno por su camino. –se resignó a decir tristemente ella.
– ¿Y nuestros padres?
– ¿Tú sabes quién son? ¿Los has visto? Carter te contó muchas historias, está claro, pero... ¿y la verdad? Si tanto te quería debió de habértelo contado, por lo menos...
–Por lo menos ¿qué? –preguntó él
–Francine tenía razón al decirme que no creyera ninguna historia. Jamás pensé que la historia que nunca debí de creer era la de la mujer que me crió. –dijo.
–Posiblemente tu madre sea tu madre, al igual que mi padre era mi padre. Pero a ella le costó más despedirse de ti y a mí me dejó en cuanto pudo.
–Tal vez... hubiera preferido eso. Angelina me hubiera cuidado como Carter hizo contigo. Probablemente, no tendría interés en saber quiénes son mis padres, posiblemente en el Liceo hubiera estado como en casa hasta que...
–Hasta que un joven y apuesto Brujo de Boston se presentase en el Liceo y tengan su primer encuentro en el Gran Salón ¿no? –dijo él burlonamente, recordando su encuentro la primera noche de ésta en el Liceo.
–No creo en tanta coincidencia, a penas leo. Quizá te hubieras encontrado con Francine allí, tiene unos cien libros bajo su cama, los esconde con el faldón de la cama, pero los vi, y ella me pidió que lo mantuviera en secreto.
–Entonces guardas fatal los secretos, Lensie.
–No me llames Lensie, suena fatal escucharlo de tu boca.
–Sin embargo, mi nombre suena a gloria cuando sale de la tuya.
Él se acercó a ella lentamente.
– ¿Qué estás haciendo, René? –dijo ella con la voz cortada. René estaba en frente de ella, con la Catedral de fondo. Tenían que estar buscando el Libro, y no habían avanzado nada. “Porque allí, mil ojos hay”. La canción de las muchas películas que Marie le puso cuando era pequeña resonó en su cabeza. Miles de gárgolas salientes de la Catedral los observaban, con sus ojos potentes.

– ¿Ves? Suena a gloria.




Capítulo décimo segundo.

¿Quién iba a esperar eso? Silence y René habían sido golpeados fuertemente por el destino y se sentían gravemente humillados entre ellos dos. No estaba bien haber mantenido aquello en secreto durante tanto tiempo. Sencele y Caleb eran sus padres. Una Rainbow Witch y un Brujo Golden Tongue, apenas tenían cinco años, y ambos habían sobrevivido a la mayor guerra que había podido existir en su mundo; una guerra que había acabado con la existencia de su raza, a excepción de ellos dos, que al unirse, formaron la mayor raza jamás conocida
en el mundo de la magia. Con la sabiduría de los Golden Tongue y la capacidad extrema de poder de las Rainbow Witch, los últimos hijos, un varón y una mujer, serían los afortunados de poseer el mayor poder. Todos los poderes existentes serían perfectamente controlados por ambos.

***

Silence estaba de pie sobre un taburete de madera gastado y con cortes. Una señora, posiblemente una de las muchas criadas del Castillos, estaba tomándole las medidas de su cuerpo: cuello, pecho, cintura, brazos... ella seguía pensando en la cara de René ante la noticia. Él le había mirada con... ¿desilusión, enfado, tristeza... dolor? Posiblemente todas ellas. ¿Significaba eso que Marie no era su madre? Y si lo era ¿por qué no dijo absolutamente nada de todo eso? ahora tenía un hermano, y posiblemente, también un padre. ¿Sería el padre de René, su padre también? La chica no podía dejar de pensar en todo aquello. Intentó centrarse en la búsqueda del Cristal Azul, tenía que tener la mente despejada, pero no podía. ¿Hermanos? Ella y René no se parecían en nada, ni en el blanco del ojo. Ambos eran completamente distintos en todo y... ¿no es a caso que los polos opuestos se atraen? Era imposible que ellos fueran hermanos, pero los dos tenían el poder de controlar todos los hechizos existentes, aunque hasta ahora, René solo podía emplear unos cuantos y ella unos cuantos menos que él. Lo que más le sorprendió a ella fue la reacción de los presentes en la sala. Era como si ya lo supieran, como si se lo esperaban, ellos estaban enterados de algo obvio, y tanto ella como René, quedaron en ridículo, mostrando su cara de desconcierto.
¡TOC -TOC! Una cabeza pelirroja asomaba por la puerta. Rápidamente pasó dentro de la habitación en la que Silence y la criada se hallaban. La criada ni siquiera la miró a la cara, agachó la cabeza y se fue sin decir palabra.
–Vaya, pero que tenemos aquí –dijo la chica.
– ¿Y tú eres...? –le preguntó Silence bajando del taburete.
–Qué modales, ¿no te han enseñado a que tienes que guardar el turno de palabra cuando alguien te está hablando?– dijo ella con aires de superioridad.
–Pensé que... –Silence no pudo terminar la frase sin ser nuevamente interrumpida por la joven impertinente que si quiera se había presentado. El ejemplo de modales en persona.
–Y otra vez, no aprendes señorita.
–Soy Silence, para tu información y posiblemente tenga más modales que tú. Yo no entro a una habitación ajena sin el permiso de su dueño, ¿comprendes? –Silence se sentía orgullosa de su contestación. No había levantado la voz, no se había alterado lo más mínimo y sus palabras habían sido tan correctas que la joven no podía dejar de mirarla con la boca levemente abierta.
–Tienes carácter me gusta– dijo asintiendo con la cabeza a modo de aprobación– Soy Virgine Valois, hija de Olaf Valois, Rey de las Cortes de las Brujas Pielazul y dueño del Castillo de Saint Claire. Esta es mi casa, y puedo entrar en cualquier habitación que me plazca señorita Forbes, ¿comprende?
– ¿Cuántos años tienes? –Silence no podía creer que hubieran personas así, con ese aire de superioridad y repipi.
–Tengo tu edad, más bien, todos aquí tenemos la misma edad. –contestó la Virgine.
– ¿Y cuál es nuestro cometido aquí dentro? Quiero decir, ¿Cuántos somos, quince? Todos de la misma edad, chicos y chicas... no entiendo nada. Silence empezaba a agobiarse y se sentó en la cama de la habitación. Era de dos por dos y las colchas eran realmente hermosas y también caras, así que se sentó con cuidado
–No te preocupes brujita –ya estamos con las confianzas, pensó Silence–, ni yo sé que estamos haciendo aquí. Podría estar en el centro de la ciudad de compras y aquí estoy, con un traje horrendo y rodeada de ineptos.
–Supongo que gracias, por la parte que me toca. –dijo con ironía Silence. Virgine tenía la lengua muy suelta y tenía pinta de ser una mimada.
– ¡Oh! No me refería a ti. Llevo en el Castillo prácticamente desde que nací. Mis padres se fueron sin antes dejar a Laia a mi cuidado y un hechizo de protección en todo el recinto. He visto como poco a poco, brujos y brujas aparecíais por mi casa, invadiendo las habitaciones y mi espacio...–Virgine suspiró– he hecho un fuerte esfuerzo por aparentar que no me importa, pero esta es mi casa y no voy a dejar que nadie me desbanque de mi lugar.
–Créeme, no tengo esa intención... solo quiero encontrar el libro e irme a casa.
–No puedes, ¿no te ha quedado claro quién está ahí fuera? Estamos en peligro y tú quieres volver a casa después de conseguir ese estúpido Libro.
–Ese ha sido mi objetivo desde que dejé a mi madre en Boston. Volver a casa. – Ella estaba seria, hablar de su madre le producía dolor. ¿Marie era Sencele? ¿Había utilizado un sobre nombre para pasar desapercibida? Y si no lo era... ¿Quién era su madre y por qué la había dejado?
–No volverás a casa, cuando pienses que todo se está acabando, te equivocarás y volveremos a caer. Nos puedes salvar y destruir a la vez. Tú y ese chico podéis salvarnos de esos miserables que nos persiguen. No saben cómo utilizar el Cristal... pero tú sí, y yo haré que logres utilizarlo.
– ¿Eso significa que estás de mi lado?

–Siempre lo he estado. –respondió la pelirroja.



Capítulo décimo primero

Los dos jóvenes, aun ruborizados por el momento, miraron por la ventana del auto y vieron que estaban en una especie de campiña –Carter, el tutor de René, les había dicho que sería una casa señorial, y se la imaginaron en el centro de París–, apartada de la ciudad y rodeada por árboles gigantescos que producían una larga y fresca sombra.
El coche avanzó y las verjas de bronce chirriaron. La casa señorial que los chicos esperaban resultó ser una especie de Castillo, con fuertes muros de roca viva, como el cartel del Liceo en Toulouse, almenas y puertas enormes se alzaban. René miraba con la boca abierta, mientras que Silence, se la tapaba con la mano.
Los jardines eran extensiones de largas hectáreas trabajadas, arbustos redondos y formando animales, desde pavos reales hasta osos y lobos; fuentes grandes y pequeñas, y como no, estatuas de mujeres semidesnudas, querubines y animales, estaban colocados perfectamente sobre el césped que rodeaba toda la extensión de terreno. Todo era verde, oscuro, claro, color pistacho, esmeralda... solo la zona frontal de la entrada principal, en donde el cochero debía aparcar, estaba decorado con rosas blancas, amarillas y naranjas. Ninguna era roja.
–¿Estás seguro de que es esto la casa señorial? –le pregunto la niña a René.
–¿Me lo dices a mí? –Él la miró–, sé lo mismo que tú. El joven se dio cuenta de que en su mano tenía la nota que Carter le dio en la despedida. Él la abrió y en su lugar, una serie de normas iban escritas en ella. Entonces el volvió a mirarla. –Bienvenida al Castillo de Saint Claire, Lenss.

***
20 de Noviembre de dos mil trece.
Querido chico:
Sé que este cambio tan brusco te habrá afectado moral y psicológicamente, René. Esta carta expresará todo lo que has significado para mí, solo por si algo malo sucediera, me gustaría que supieras esto.
He estado cuidándote desde que eras un niño pequeño con ganas de jugar. Recuerdo el día en que tu padre te dejo conmigo, llevabas el pelo perfectamente peinado hacia atrás y tus ojos estaban rojos de tanto llorar; lloraste toda la noche y parte del día siguiente. Al principio no sabía cómo explicarte que estando en este colegio estarías a salvo, que tu padre te quería y que lo hizo por ti. Sé que ahora te preguntarás ¿Y dónde está él? Posiblemente, tampoco te lo habrás preguntado. Sinceramente, no he vuelto saber nada de él, no tengo tanta influencia en el Consejo como Angelina, pero nunca he dejado de pensar en qué pasaría si él regresase, en como actuarias ante la situación. Ahora eres un hombre muy fuerte y un gran brujo, lo sé, te he estado preparando para este momento y sé que lo harás genial. Te he querido, te quiero y te querré como si fueras mi propio hijo y no dudaría en dar mi vida por ti.
Pd: si no quieres mostrarle esta parte a tu compañera lo entenderé, pero hay una segunda hoja, esa debéis leerla los dos
Te quiere,
Carter Arese.
***
–Déjame verla René, no tiene gracia– René levantaba la carta sobre sus cabezas y la altura de la joven no le permitía alcanzarla, por lo que el chico continuaba con el pique.
Ambos estaban en frente de la puerta principal, el cochero se había ido y sin decir ninguna palabra más, hasta que la puerta se abrió, mostrando a una señora con un vestido parecido al de Angelina en el Liceo, pero más recatado y cubierto que el de ésta.
–¿La señorita Silence Forbes?– preguntó mirando a la chica. Ella asintió con la cabeza y se giró esta vez para mirar a René. –Y supongo que usted es el señorito Vien, ¿me equivoco?
–Para nada, señora... –Silence dudó. Esa señora sabía sus nombres pero ellos no tenían ni idea de quién era esa mujer.
–Llámame señora Lagrate, Laia Lagrate. Pero ustedes, señoritos nunca deben de tutear a las personas mayores, es de mala educación y una falta de respeto. Por favor –dijo haciendo un ademán con la mano hacia dentro del castillo–, pasad, os están esperando y tenemos que tomar sus medidas para el uniforme.
–Como usted mande, señora Lagrate. La voz de Silence era menuda y apenas audible. Estaba asustada. Esa señora parecía que hubiera salido de una novela antigua, de las que tenía su madre en la estantería del comedor, con las hojas amarillas y tapas en un profundo relieve tosco y viejo.
Los dos pasaron al interior del castillo, siguiendo a la señora Lagrate, que ondeaba su trasero de izquierda a derecha a medida que avanzaban por un enorme y hermoso pasillo –nada que ver con el frío y basto del Liceo–.
–Jovencitos –carraspeó antes de hablar otra vez–, este es el pasillo de las Luces, que da directamente al comedor principal. Allí comeréis con los demás alumnos...
–¿Hay otros alumnos? –preguntó Silence.
–Es de mala educación y una falta de respeto interrumpir así a un superior, señorita Forbes, no le han educado bien en el Liceo, por lo que veo.  La señora Lagrate parecía molesta. Silence solo llevaba poco más de un mes y medio en el Liceo y lo único que había aprendido era a hacer pócimas de invisibilidad, tele-transportación –que se le daba fatal– y un par de conjuros más, como el de protección o rapidez.
–Disculpe a mi compañera, madame Lagrate –dijo tan educadamente René, que hasta Silence se sorprendió–, ella apenas conocía la existencia de su poder y sus habilidades. Hemos tenido que darnos prisa en que aprendiera los hechizos más útiles por ahora en su formación. Terminó con una inclinación de cabeza.
¿Hemos? ¿A caso René le había ayudado en algo? Más bien, parecía que éste le había estado poniéndole obstáculos por todo el camino. Condenado Vien, pensó Silence, le había hecho parecer estúpido, débil y tonta.
–Por lo menos uno tiene educación. –escupió la señora Lagrate.
Las puertas del comedor se abrieron por arte de magia, pensó la niña. Luego descubrió que el poder de las Brujas era más poderoso que solo para ser utilizada para abrir las puertas. Dos hombres de mediana estatura y con uniforme azul, del mismo tono que Laia, estaban detrás de las puertas y que ellos la habían abierto.
Al entrar en la sala vieron a algo más de una docena de chicos y chicas, de distinta apariencia cada unos, pero con el mismo uniforme. Ellos unos pantalones a la altura de las rodillas y chaqueta y camisa a conjunto del pantalón. ¿Marrón tronco? Sería un perfecto calificativo. La chaqueta estaba decorada con ribetes dorados por la zona de los botones, las mangas y el cuello. En cambio, ellas, llevaban un vestido largo de color beige, con un corsé apretado, que parecía que no podían respirar ninguna de ellas, y adornado con los mismos ribetes dorados que los de los chicos –sus peinados estaban hechos al gusto de cada una y uno–: trenzas largas con ramas finas de sauce enroscándose con los gruesos mechones negros, pelos hacia atrás y despeinados, rizos rubios, castaños y rojos intensos y recogidos preciosos con pizas con incrustaciones de zafiros y rubís.
–Señores, señoritas y personal en la sala, les presento a los hijos de Caleb y Sencele. Los padres de nuestra creación.