Voy a empezar a escribir los últimos capítulos desde el punto de vista de Silence, porque creo que es bastante necesario.
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René me arroja una toalla mojada que ha encontrado encima de
uno de los tocadores. Froto como puedo toda la toalla por la cara para quitar
el maquillaje y el exceso de purpurina que perfila mis párpados. René
desaparece y vuelve a aparecer con unos jeans, un jersey negro y un abrigo.
Lo miro.
–¿Te importa? –digo cogiendo la ropa y vuelvo a mirarle. Al
parecer entiende que su presencia en este momento no es necesaria y coloca un
biombo entre él y yo.
–Deberías cambiarte más rápido. Seguro que para quitártela no
tardas tanto.
Aparto inmediatamente el biombo que nos aparta y mi mano
acaricia fuertemente su mejilla. Al parecer se asombra y coloca muy rápido su
mano encima de la marca que ahora decora su cara.
–Lo siento –dice cabizbajo. –¿Estás?
–Vamos. –digo muy seca colocándome el abrigo.
Atravesamos medio castillo y todo el jardín hasta llegar a
la calle. Está totalmente desierta y solo los coches de los invitados que han
venido a ver la función, habitan en las húmedas calles. Al momento, René me
vuelve a coger del brazo y me conduce calle abajo, girando en la siguiente
calle y, cruzando el puente de Ehren, llegamos a una parada de autobús.
–Bueno, creo que ya puedes decirme a dónde vamos, ¿no? –le
cuestiono.
–Angelina avisó a Laia unos días antes de la función –dice
él sin pausa–, al parecer les habían dado información falsa sobre la localización
de los Cienojos y...
–¿Y...? ¡Vamos René, qué pasa?
–Estaban solo a kilómetros del Liceo, en un pueblo, muy
cerca de Toulousse. Creemos que han atacado el Liceo, por lo que no sabemos
quién ha salido vivo de allí.
–¿¡Entonces puedes explicarme qué narices hacemos que no
estamos ayudándoles!? ¿Por qué nos hemos quedado aquí? ¿Por qué Laia no nos
dijo de ir a ayudarles, René? –estoy demasiado alterada como para darme cuenta
de que el autobús está a tan solo un semáforo de llegar y yo estoy al borde del
delirio y la ira. Sobre todo de la ira.
–El Cristal, hermana, el Cristal.
–¿El Cristal? ¡No me importa ese Cristal! ¿Sabes a cuanta
gente que quiero he tenido que dejar por el camino para buscar ese estúpido
Cristal? –respiro profundamente, cogiendo aire por la nariz y soltándolo por la
boca. Una vez tranquila, veo el autobús acercarse y detenerse en frente de
nosotros. René saca de la cartera dos billetes y se los entrega al conductor,
éste le da las vueltas mientras me mira con cara extraña, seguramente todavía
llevo purpurina en la cara.
Nos sentamos por el final. Apenas hay gente en el autobús:
un señor con gorra lee un periódico extraño, puedo leer las palabras <<Le Monde>>, y bajo el título, una fotografía del
hallazgo de nuevos compartimentos en el subsuelo del Arco de Triunfo y un
arqueólogo posando con una paleta. Esa imagen me es muy familiar, como si la
hubiese visto antes, pero yo nunca he estado en el Arco de Triunfo y mucho
menos en el subsuelo.
–¿Te interesa las noticias francesas? –dice René cerca de mi
oído.
–La fotografía –digo y señalo al periódico–, me suena mucho.
–No puedo creerlo ¿lo dices en serio? –abre mucho los ojos
mientras me mira.
–Sí, ¿por qué?
–Es ahí en dónde Angelina ha dado la orden de buscar el
Cristal. Es ahí a donde vamos.
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